Imanol Arias no quiere ver en el subtítulo de esta entrevista que regresa al cine después de seis años: «Estupideces promocionales: estaba haciendo una serie de televisión». 'La semana que viene (sin falta)' le convierte en propietario de un taller de 'tuning', en «una historia de barrios marginales y segundas oportunidades».
-¿Conoce esa vida de barrio que refleja la película. El Madrid de Estrecho, Tetuán
-Ahora mismo no. Pero he vivido en sitios así desde los 19 a los 25 años. Mi sorpresa ha sido descubrir a una generación de inmigrantes que lleva ya quince años instalada, con su pequeño negocio y su forma de vivir mezclada con la española. Supervivientes de una segunda oportunidad, de eso habla 'La semana que viene'.
-A partir de los 40 años es más difícil tenerla.
-Sí. El cinismo de algunos hace que no sea fácil. Pero fíjate si ha habido segundas oportunidades para los de la Ley del Divorcio, que están divorciados tres o cuatro veces. Y tienen más de cuarenta años. A lo mejor, la segunda oportunidad no es tanto de arramplar, sino de capear. Hasta los cuarenta estás compitiendo en la Copa América; a partir de entonces navegas por recreo, puedes arriar la vela, deslizarte
-No pasa nada si a los cuarenta todavía no te has encontrado a ti mismo.
-El aprendizaje de la vida empieza entonces. Reconocerse, aceptarse y mezclarse hace que las segundas oportunidades se alarguen en la vida.
-Figura como productor. ¿Ya no sabe qué hacer con el dinero?
-Queda muy bonito. Lo único que he hecho en esta película es no preguntar dónde y cuándo se cobra, porque me hubiera dado lo mismo. Teníamos un presupuesto justo, y yo no soy barato. Lo que no hago es abaratarme, prefiero invertir.
-Dirigió en 1995 'Un asunto privado'. ¿No piensa reincidir?
-Después del resultado no me quedaron muchas ganas Casi que no.
-¿Que sería hoy de aquel chaval de Ermua si hubiese seguido con la electrónica?
-Casi todos mis compañeros tienen hoy negocios que no tienen que ver con la electrónica: bares, discotecas Los que nacimos en el 56 somos una generación un poco rara. No era buen electricista, y en ese oficio si no eres bueno no trabajas. No sé dónde hubiera terminado. Seguiría en Euskadi, porque no me hubiera movido de no ser por la necesidad de estudiar teatro. Actuar aumenta tu geografía vital, tu patria empieza a ser las lenguas que manejas. Seguramente tendría un bar. Ya ves, me marché y ahora tengo una bodega.
-¿Hubiera descubierto la luz de Cádiz?
-Seguramente. Hay mucho vasco que ha bajado a Cádiz. Lo difícil es que se pueda estar tan a gusto en extremos opuestos, en sitios tan diferentes y a la vez tan iguales. Es sorprendente el parecido entre Cádiz y Euskadi, desde el agua que les baña hasta la comida. En el Golfo, en Barbate, hay un matriarcado que no se corresponde con el resto de Andalucía, esa cosa vasca del amatxu.
-Aclaremos aspectos de su biografía. ¿Es cierto que llegó a dormir en el metro?
-Le quito importancia. Mi aita nunca reveló en Ermua que yo me había marchado a hacer teatro, decía que estudiaba en Madrid. Así que, pasara lo que pasara, yo no podía volver al pueblo si no era época de vacaciones. Ganaba 240 pesetas como figurante en el Teatro de la Zarzuela, lo justo para vivir; entre el Ducados, las dos comidas y la pensión no tenía para transporte. Si no podía dormir con algún compañero, lo más fácil era salir del teatro, comer un bocadillo de pan y foie gras, pasear y, a las tres de la mañana, meterme en el calor de la boca del metro. A las siete me duchaba en la Escuela de Interpretación y bajaba al bar, donde me regalaban el café. Mis compañeros pensaban que era un pijo que madrugaba.
-Una noche, acabó en comisaría con Antonio Banderas
-Veníamos de rodar 'Laberinto de pasiones' con Almodóvar. Llevaba una pinta... pantalón a cuadros, pelo teñido, botines rojos Antonio iba vestido de estudiante islámico. Nada más poner un pie en 'Rockola', oigo una voz que dice: '¿A ver aquel maricón!'. Y cuando nos meten en la 'lechera', Antonio suelta: 'Oiga, que soy hijo del cuerpo', porque su padre era comisario de policía. Les digo que me llamo Imanol, me piden el carnet y pone Manuel María Menos mal que llamaron al padre de Antonio y les dijo que éramos actores.
-El Antonio Alcántara de 'Cuéntame' es un homenaje a su padre, para lo bueno y lo malo.
-Para lo malo porque todo el mundo sabe que él es Alcántara; le hace la vida feliz, pero le atosigan al pobre Creen que casi escribe la serie. Es un homenaje al piso de Ermua, de donde mis padres no quieren irse. Cuando fui con mi representante entró y dijo: '¿La casa de los Alcántara!'. Sí, pero con una habitación menos. Yo sé lo que es dormir hacinado.
-¿Cuando piensa en sus padres le viene a la cabeza 'Cuéntame'?
-No. Me enorgullece que, aunque no es la historia de mi familia, haya podido ocultar contradicciones que nadie ha descubierto: los Alcántara son de Albacete y hablan como si fuesen de Burgos, tienen dichos de mi familia leonesa
-Es un voraz lector de periódicos. ¿En qué sección se detiene últimamente?
-En las noticias. Me he liberado de la sección de opinión, que ahora la busco en libros. Soy muy poco competitivo en lo político, por eso nunca he militado. Y siempre que he tenido algún cargo público me ha llevado a abandonarlo la necesidad de una táctica que derrote al contrario. Ni como presidente de los actores, ni en el sindicato que formé y abandoné aguanté eso de ganar votos y mentir si es necesario. No tengo estómago.
Ausencia y vergüenza
-¿Se arrepiente de haber dado la cara? Como en 2000, cuando leyó un manifiesto en la Puerta del Sol contra ETA tras el asesinato de Fernando Buesa.
-No. Pero ahora miro con cierta ironía a los que estaban detrás de mí, que eran todos. Cuando les oigo hablar con otro discurso Por eso me salto esa parte de opinión de los periódicos. No entiendo la política como discusión diaria. A lo mejor, para ver lo que te preocupa de verdad tienes que ir al Boletín Oficial del Estado. A buscar la realidad, como el nuevo IRPF, brutalmente injusto otra vez con los más pobres. Y se ha hecho de la forma más sucia y asquerosa de los últimos años.
-¿Se acuerda de la Euskadi gris de 'La muerte de Mikel'? Para algunos parece que sigue existiendo.
-Pues ha cambiado. Lo que seguramente no ha variado es la conversación de muchas madres con sus hijos, la ausencia de algunos hermanos y la vergüenza de algunos compañeros de lucha porque uno es de una manera o de otra. La belleza poética y la melancolía de 'La muerte de Mikel' siguen vigentes. Es una película muy hermosa.
o.belategui@diario-elcorreo.com