La verdad es que la próxima ceremonia de los Oscar se antoja algo extraña. Para empezar, las películas favoritas no siguen la tradición de estar bien arriba en el escalafón de la taquilla, ni tampoco su consideración encaja en ese concepto del cine para toda la familia que suele ser fundamental en Hollywood. Además, en contraste con una sociología política ahora muy virada al neoconservadurismo, las películas nominadas con mayores posibilidades abordan cuestiones bien alejadas de lo políticamente correcto. Incluso, también el 'entertainer' elegido para la gala es un conocido maestro de la sátira política y hasta una de las nominadas para la mejor canción es un rap con letra beligerante.
Con todo esto, y también con el hecho de que entre los nominados a las máximas categorías interpretativas sólo Charlize Theron se pueda considerar como una de las estrellas capaces de provocar el delirio entre el americano medio, no extraña que la ABC esté preocupada tanto con la eventual audiencia de la gala, como con la dificultad de conseguir anunciantes que paguen los 1,7 millones de dólares que valen los 30 segundos de cada anuncio.
Películas no tan taquilleras y guiones más bien heterodoxos para una extraña edición de los Oscar, en la que tal vez el vencedor no sea el negocio, la industria o el espectáculo, sino únicamente el cine y su calidad.