El Correo Digital
Domingo, 26 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
OPINION/Vencedores y vencidos
Cómo pueden ser considerados vencedores o vencidos quienes nunca han sido combatientes de ninguna guerra sino víctimas de terribles actos de agresión unilateral? Víctimas, además, sólo en ciertos casos por ser quienes eran. En su mayoría las víctimas del terrorismo han sido privadas de su vida, su salud o su libertad al margen de su concreta personalidad, reducidas por sus victimarios a una abstracción: símbolos o representantes del capital, la represión, el Estado o cualquiera otra de esas hipóstasis con las que el terrorista deshumaniza a la víctima a la vez que pretende enmascarar la banal maldad de sus acciones. Y no son pocos los casos en que las víctimas lo fueron porque estaban en el lugar y en la hora en que ETA decidió realizar alguno de sus atentados. Es por eso que no alcanzo a entender lo que significa vencer o ser vencido desde la perspectiva de quienes han sido brutalmente incorporados a una guerra que no era la suya porque no era más que la ensoñación criminal de quienes un día decidieron emprenderla.

Las víctimas jamás podrán ser derrotadas por quienes ya han sido vencidos junto con su sueño totalitario de purificación, donde ninguna pluralidad era admitida y ninguna diversidad reconocida. Sólo hay dos situaciones que podrían significar la derrota de las víctimas y ninguna de ellas tiene que ver con el futuro del terrorismo y de los terroristas. La primera, que esta sociedad sucumba a la tentación de una reconciliación apresurada con el fin de dejar atrás el molesto recuerdo de lo que hemos hecho o hemos permitido que se hiciera en nuestro nombre. Pues, como escribe John Berger: «La memoria entraña un acto de redención. Lo que se recuerda ha sido salvado de la nada. Lo que se olvida ha quedado abandonado».

La segunda, que la comunidad de memoria que tan trabajosamente han ido construyendo las propias víctimas desde hace unos pocos años se rompa. Una comunidad de memoria es aquella que no olvida su pasado. Para ello debe ser capaz de releer su historia, una historia atravesada por el dolor y por la injusticia, para construir a partir de ella una narrativa capaz de generar prácticas de compromiso -rituales, estéticas y éticas- que, a la vez que sirvan para combatir la tendencia a la desmemoria, alumbren el camino hacia una sociedad en la que nunca más nadie pretenda expulsar a ninguno de sus semejantes del común universo de los derechos y las responsabilidades.

Pero el testigo moral sólo puede serlo en la medida en que una misma experiencia de victimación es transformada en narrativa compartida; es la misma calidad de testigo la que quiebra en ausencia de este acuerdo constitutivo. Ya existen preocupantes signos de desencuentro entre las víctimas del terrorismo. No nos equivoquemos: son ellas mismas quienes deben asumir la responsabilidad de recomponer los fundamentos de su unidad o, en caso contrario, de cargar con las consecuencias de su definitiva ruptura.



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