No decepcionó el primer concierto del ciclo denominado 'Grandes Conciertos', organizado por el Ayuntamiento de Vitoria. La Orquesta de Cámara Orpheus, agrupación que interpreta sin director, suplió esa carencia con una buena dosis de trabajo en común y excelente coordinación que se tradujo en una sonoridad exquisita, a juzgar por la primera de las obras ofrecidas, 'Le tombeau de Couperin' de Ravel, pieza originalmente escrita para piano y transcrita para orquesta.
Se escuchó un buen discurso caracterizado por una excelente afinación y un tratamiento perfecto de tan delicada obra, el mismo que aplicarían al 'Concierto para Violín y Orquesta Nº2 en Sol menor' de Prokofiev, composición en la que destacó la solista Janine Jansen con la magia de su violín Stradivarius ofreciendo una lectura transparente y fresca en cuanto al fraseo se refiere, y desbordante técnicamente hablando. Dominó todos los conceptos de la obra y se exhibió en un virtuosístico y endiablado movimiento final, en marcado contraste con el lirismo que impregna los anteriores tiempos. Su estética se sumó a un timbre fino y elegante, con un sonido global muy natural pero dotado de personalidad propia a la hora de traducir la pieza.
En una línea minimalista de marcados ostinatos rítmicos y repeticiones de bloques melódicos se situó 'Brick' de Mellis, suite en la que la orquesta efectuó un bello trabajo para versionar lo que bien puede ser la banda sonora de una película. Concluyeron con Beethoven y su 'Sinfonía Nº8 en Fa Mayor, Op.93', una de las más alegres y pletóricas del autor. La belleza estética del Clasicismo vienés de la época se tradujo desde los primeros compases en una lectura cargada de energía en la versión de la orquesta Orpheus.