Parece ser que Montesquieu afirmó que si alguien le ofreciese algo en su propio beneficio pero que fuera en detrimento de Francia, lo rechazaría; y que actuaría igual si fuese en provecho de Francia y en perjuicio del resto del mundo. De ser generalizada, firme y sólida, esta actitud supondría que nadie pudiera sentirse 'pobremente tratado', aunque fuera pobre. Este ponerse en el lugar de los demás, con humildad y moderación, está en los antípodas del ambiente cerrado, competitivo y comparativo en exceso en que nos hallamos instalados. Un producto de 'educación' que resulta fuente de miedo e infelicidad. Eduardo Punset define en su último libro la felicidad como 'la ausencia del miedo'. Mi antiguo amigo, político centrista e innovador, se atreve a dar una fórmula para lograrla.
Hay que aumentar las buenas relaciones personales, preferir el mantenimiento a la inversión y promover emocionadamente la búsqueda de lo que no aciertan a ver los demás; pues vemos, lamentablemente, sólo lo que esperamos ver. Para eso hay que cuestionar las instrucciones grupales recibidas, filtrarlas con todo escrúpulo y tomar conciencia de la nefasta influencia de tal adoctrinamiento. Son cargas heredadas de las que debemos desprendernos para no estar sometidos a la masa que nos amamanta.
Para vencer ese subproducto calculado de una manipulación infantil hay que tener voluntad de desaprender la mayor parte de las cosas que se nos ha enseñado, sencillamente son erróneas; se trata, para el ilustrado Punset, de una tarea más importante que la de aprender. Pero los que mandan no quieren enterarse y juegan con nuestra ignorancia. Lejos de gestionar sociedades del conocimiento, todavía andamos gestionando el no saber. Desde mentes arcaicas y averiadas se sigue presentando a la opinión pública como asuntos 'vitales', cuestiones planteadas con prejuicios programados que impiden una visión clara y radical de nuestro propio devenir como personas. Se impide así emprender reformas de los sistemas económicos y políticos, desde la sensatez e independencia emotiva. Para Punset, «los índices de felicidad aumentan en función del mayor grado de participación individual de los ciudadanos en las tareas políticas». Según él, a más jefes, subjefes, instancias y ventanillas ¿menos felicidad!