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Martes, 7 de febrero de 2006
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Los entrenadores ven los partidos como una sucesión de amenazas. Trabajan, en buena medida, para reducir su propia incertidumbre. «El miedo contamina nuestras ideas». La teoría, una confesión en toda regla, lleva la firma de Jorge Valdano. Tras heredar un equipo en estado de shock, producto de una política nefasta, el primer reto de Clemente fue recuperar la moral de la tropa. Y lo consiguió. Otra cosa es querer convertir a este grupo en un bloque de cemento armado, transformar los violines en timbales, renunciando a las virtudes que dieron a estos futbolistas prestigio y resultados. El técnico se pasó la semana pasada (y la anterior, y la anterior...) aleccionando a sus defensas en entrenamientos específicos. Pues va a ser que no. Es como querer transformar a María Ostiz en Madonna, o algo así. Es sabido que Clemente ha optado por acumular defensas a granel, en una demostración de desconfianza subconsciente en los recursos que maneja. «El equipo está francamente bien...no podemos aspirar a estar mucho mejor», afirmó el mister hace unas fechas. George Bernard Show dijo una vez que «cuando bromeo siempre digo la verdad». Si se le puede aplicar el cuento al técnico de Barakaldo, experto en bromas de gusto dispar, hay que abrocharse los cinturones. Porque si mejorar es difícil, empeorar parece imposible.

El de Málaga ha sido un golpe bajo. Pero no inesperado. Son ya demasiadas decepciones. Ya advertíamos que la flauta no siempre va a sonar sola. Pero esto ha sido demasiado. Frente a un colista que ejerció de tal, y con todo el arsenal de centrales en la cancha, el Athletic fue derrotado por alto y a balón parado. La paradoja es cruel. Contra diez, con todo a favor, el equipo no sólo defendió mal con muchos. Se olvidó de jugar, de atacar, de rematar. El más grande estratega de la historia, Napoleón Bonaparte, afirmaba (según recoge en sus espléndidas memorias Emil Ludwig), que, en el arte de la guerra, hay que atacar al enemigo en su punto débil antes de que descubran el nuestro. Las miserias del oponente saltaban a la vista. El Málaga era un pelotón cansado, angustiado, y debilitado por la expulsión de Nacho. Una presa fácil. Pero los nuestros han olvidado su mayor virtud: el atrevimiento.

El gran estadista francés añade que la felicidad es el desenvolvimiento máximo de tus propias facultades. Estos futbolistas deben elevar su necesidad a la categoría de virtud para recuperar las características que les llevaron a ser un equipo prometedor y, desde luego, mucho más solvente. Ningún rival mejor que el Real Madrid para que resurjan de sus cenizas en un ejercicio de fe y de grandeza a la altura de una institución, nuestro querido y maltratado Athletic Club, que no merece menos.

Claro que, si hacemos caso al presidente rojiblanco, aquí no pasa nada. «El Athletic va en la dirección correcta», declaró Lamikiz la semana pasada, en su esperada vuelta a los escenarios. Y se quedó tan pancho. Como ese conductor que circula imprudente por el carril contrario y todavía se sorprende de que todos los coches se le vengan encima. ¿Dónde irán esos locos?, se pregunta ufano, sin darse cuenta de que es él mismo el que navega, perdido, en dirección prohibida.




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