Cuando el profesor Robert Barro sumó en los años 70 la tasa de paro y la de inflación, nació el 'misery index', algo así como un índice de malestar económico. Según las recientes noticias del INE y del Ministerio de Trabajo, nuestro índice de malestar ha aumentado de forma alarmante porque el IPC subió en enero en un 4,2% interanual y el desempleo creció en casi 70.000 personas el mismo mes. Los datos no son definitivos, pero el aviso es muy sintomático. Los expertos predicen para este año una desaceleración del IPC después del primer trimestre y, con respecto al paro, todos los eneros repunta la desocupación tras la campaña de Navidad. Pero se impone la cautela, no sólo por la falta de acción que exhibe el Gobierno sino porque las cifras están encendiendo luces de alarma en la economía que sería absurdo ignorar.
Es cierto que el último dato del IPC será probablemente sólo un pico. También lo es que, en conjunto, 2005 fue un buen año para el trabajo, con una reducción sustancial del paro. Pero no debería olvidarse que aunque la velocidad de crecimiento del IPC descienda, el incremento anual podría estar muy por encima de las previsiones del Ejecutivo; y, lo que es peor, sería muy superior a la media europea. La inflación no es equivalente en gravedad a un desequilibrio regional, a un mal diseño de impuestos o a la mala gestión de un servicio público. Sin embargo, ataca las bases de una economía de mercado abierta y hace inviable la asignación eficiente de recursos que garantice el crecimiento. El combate contra este cáncer debería tener prioridad máxima para los gobiernos porque afecta a toda la economía y los sectores, especialmente a los exportadores y a los que están expuestos a la competencia internacional. Puesto que la política monetaria está ya fuera del control del Gabinete Zapatero, éste debería dedicar sus esfuerzos a implementar reformas estructurales que aumenten la competencia y la competitividad de las empresas. No es hora de ser alarmistas, pero sí de recordar que la inacción y la autocomplacencia pueden ser tan peligrosas como la intervención imprudente.