Los retratos en la amplia escalera de Itzea, los miles de libros, el mismo barrio de Jaun de Alzate en Bera de Bidasoa, donde está enclavada esta casona, revelan que allí vive, en esencia, el mundo de los Baroja. En octubre se cumplen 50 años de la muerte de Pío, el novelista de la Generación del 98 que no ha envejecido gracias a su estilo directo, atento al detalle, vacío de filigranas. Una gran exposición le recordará en Madrid a partir de septiembre, y también, a lo largo de año, aparecerán varios inéditos del autor.
Sobre Itzea, la casa que Pío Baroja compró en ruinas hace casi un siglo, cae el sol frío de una tarde de febrero, al lado de la cuesta por la que el escritor huyó a Francia en la Guerra Civil. Su sobrino, Pío Caro Baroja, de 78 años, se sienta en un sillón del estudio que utilizaba su hermano Julio, con las paredes forradas de las distintas ediciones, en varios idiomas, de los libros de su tío.
-¿Qué primer recuerdo tiene de él?
-Yo aprendí a leer con 'Las inquietudes de Shanti Andía'. Me enseñó él. Lo leíamos en el cuarto verde, con todos los objetos que se describen en el capítulo cuarto, 'Aguirreche, la casa de mi abuela'. Parece ser que yo, de niño, cuando tenía tres o cuatro años, solía imitar su forma de andar, con las manos a la espalda. Las muchachas de la casa, que eran chicas de Bera, me decían: 'Pío, Pío, imítale al tío'.
-¿Qué libros suyos le gustan más?
-Tengo varias novelas predilectas. 'El árbol de la ciencia' es una de las obras más fuertes y con más carácter, la más emblemática. Pero hay otras que me encantan. Por ejemplo, de la trilogía 'La lucha por la vida' me agarra mucho 'Aurora roja', más que 'La busca'. También está la que trata de la juventud perdida, 'Las noches del Buen Retiro', y leo frecuentemente 'El laberinto de las sirenas', 'Zalacain' y 'Shanti Andía'. Voy a ellas cuando estoy en un momento de baja, de mal humor, o de contrariedad.Y es un refugio, sí.
-¿Y las memorias?
-El tomo de 'Familia, infancia y juventud' me lo sé de corrido. Además, ahora estoy trabajando con él porque estoy escribiendo la biografía de Serafín, mi abuelo, y ahí tengo la guía de los recuerdos.
El mal de la ignorancia
-Serafín, padre de Pío, ingeniero de minas.
-Sí, y poeta en vascuence. Escribió libretos de zarzuelas y de óperas. Ahora he descubierto uno sobre Juan Sebastián Elcano. Estaba por ahí, pero como era tan indescifrable, lo fui dejando.
-En su familia abundan los creadores y los intelectuales.
-En Serafín está el germen de todo. No obstante, Pío me hablaba mucho de su abuela, una mujer fantasiosa, romántica, que quiso construir una casa para que fuera el rey Amadeo de Saboya. Luego, al no poder alquilarla, la llenó de pájaros, gusanos de seda y pavos reales.
-Pío y Serafín eran muy distintos.
-Pío le reprochaba a su padre haber querido llevar lo universal a lo local, cuando en su opinión había que seguir el camino contrario. Serafín fue de un donostiarrismo exacerbado. Toda su vida estuvo pensando en San Sebastián. Su hermano era igual, fue el que fundó el periódico 'El Urumea'.
-Pero su tío tuvo un fuerte sentido vasquista.
-Pío Baroja es todo el País Vasco: el mar, los montes, las leyendas, las canciones..
-¿Cree que la Diputación de Guipúzcoa se olvidó de incluirle en la lista de homenajes o que fue algo premeditado?
-La ignorancia es el mal de muchas cosas. A mí me parece muy bien que la gente escriba en euskera, como esos otros autores a los que van a homenajear. Pero eso no tiene nada que ver con Pío Baroja. Su obra transciende ese ámbito.
-Baroja escribió páginas muy duras contra el nacionalismo.
-Volver al sectarismo es peligroso. Parece que lo único que existe ahora es el Estatut. Los líderes actuales no inspiran confianza. Yo les llamo 'tontilocos', y me parece a mí que lo son. El nacionalismo es una cosa chiquitita que nació anteayer. Está fuera de duda de que san Ignacio, Elcano, Churruca, Oquendo, todos esos hombres que tuvieron tanta importancia en la historia de España, fueron vascos. Y los que no tienen importancia son los que se quedaron aquí rompiendo terrones.
-Su tío no gustó, en general, a los políticos.
-No gustó, molestaba y sigue molestando por su sinceridad, por la forma clara en que expuso la verdad, su verdad. Molestó a los partidarios de la dictadura de Primo de Rivera, a los socialistas y a los franquistas. Con los únicos con los que se llevó medianamente bien fue con los anarquistas.
-¿Su carácter individualista impide que sea reivindicado por facciones políticas?
-Ojo, porque coger la bandera de Pío Baroja puede servir para objetivos muy distintos. El tío Pío subrayaba la verborrea de los republicanos, la barbarie de los franquistas, y cada parte podía emplear lo que él decía en contra de la otra. Todavía vemos las sombras de aquel tiempo.
-¿En qué sentido?
-El franquismo hizo mucho daño. Los fusilamientos, la represión, el no dejar hablar en vascuence...Pero hombre, ¿que la gente hable en lo que le dé la gana! Aún me acuerdo de los carteles que ponían: 'No blasfemes, habla en castellano'. Te puedes imaginar. No hay cosa más absurda.
-¿Se acuerda de la entrada de los requetés en Bera, que luego contó Baroja en sus memorias?
-Sí, y me acuerdo de la llegada de los sindicalistas en sus camiones dos días antes, cantando 'La Internacional'. Me acuerdo también de cuando los requetés tiraron por el balcón los libros del Círculo Republicano. Tenía ocho años y ellos me cortaron el pelo al cero, por ser de la familia Baroja. A los tres días lo dijo Radio Moscú: 'Así se castiga a los chicos de España'.
Tabaco americano
-En los últimos años, usted ha sacado a la luz algunas obras de su tío sobre la Guerra Civil. ¿No se están olvidando otros periodos de su obra?
-No, no hay peligro porque tiene muchos lectores. Pero sí hay un reverdecimiento de la Guerra Civil, y eso lo veo con temor. Hay gente que todavía está sufriendo las secuelas de aquellos años, porque mataron a su familia, o se fueron al exilio, o porque les arruinaron. Hemos sacado los escritos del tío Pío sobre la guerra pensando que todo eso había pasado. Pero te das cuenta de que no, de que la gente responde. Echar la leña al fuego me parece peligroso, y más en un pueblo como el español, que enseguida llega a la estupidez y la barbarie.
-¿Qué más queda por publicar?
-Quedan dos o tres escritos más del final de su vida, hacia los años cuarenta. Dentro de un par de meses vamos a sacar una novela inédita, 'Miserias de la guerra'.
-¿Cómo fueron esos años?
-Pío era viejo, pero tenía arrestos. Aunque el régimen lo tenía arrinconado, él respiraba muy bien, con un criterio liberal. Luego la Guerra Mundial le dio mucha fuerza, porque él fue anglófilo desde el principio, en contra del ambiente germanófilo y fascista de España. Solía ir a reuniones en el Instituto Británico con Walter Starkie, y los americanos le mandaban tabaco y whisky porque sabían qué posiciones mantenía. El tío odiaba al generalito y a todo lo que él significaba, la clerigalla, etc.
-¿Cómo vivió su familia la posguerra?
-Fue un tiempo asqueroso. No había nada. Sólo se podía levantar el brazo y gritar ¿Viva España!
-¿Cómo lo pasaron en Madrid?
-Mal. Con hambre. Con aquellos bollos de pan negro. Me acuerdo todavía de las mujeres que los vendían en las bocas del metro de Madrid. Mi hermano Julio salía y compraba un peseta de castañas asadas y las traía en los bolsillos.
-¿Qué significaba esta casa, Itzea, para su tío?
-Están sus libros, sus recuerdos. Los suyos y los de la familia. Hay cosas de hace más de 200 años.
-¿Se ha llegado a algún acuerdo con el Gobierno de Navarra para conservarla?
-Nada, nada. Esto es cultura, el mendrugo de la sociedad, lo que menos importancia tiene. Y mejor que sea así. Que los políticos sigan haciéndose fotos.
i.esteban@diario-elcorreo.com