En este año de aniversario barojiano, de relectura obligada y de nueva aproximación biográfica y académica a uno de los grandes maestros de nuestras letras contemporáneas, también es posible la admiración y la reivindicación extraliteraria de una personalidad unida inseparablemente a un temperamento y a una ideología singular. Admirable Pío Baroja, pues, por una inmensa obra que forjó los nuevos moldes genéricos de la novela contemporánea, pero también admirable por un espíritu de radical escepticismo que sólo proclamaba la dictadura de la inteligencia, la radical libertad y la aspiración ética.
Un escepticismo nacido de su conocido individualismo, además, que no solo no impedía una perfecta disposición intelectual, sino que encima permitía ser objetivo en lo subjetivo, es decir, riguroso en la apreciación personal, realista en la construcción de la ficción y racionalista en la descripción de lo irracional. Una personalidad inconformista, obviamente, de sedicente e idealista anarquismo, de jerarquías morales inequívocas y con un sistema de creencias casi inamovible durante toda su vida. Tan inconformista, claro, como esos personajes de ficción que eran como una proyección de su personalidad y como el eje o la espina dorsal de toda su creación novelística. Y tan actual, también, como la propia contradicción del hombre contemporáneo o como la honestidad del pensador de hoy que se niega a la manipulación organizada de la conciencia individual. Admirable Baroja, en fin, porque sigue vivo y vigente en sus obras, en sus pensamientos y hasta en sus actitudes vitales.