-¿Qué le gustaba comer a su tío?
-Era muy goloso. Tenía unas costumbres muy sencillas, de potajes, cocidos, sopa. Pero le encantaban los postres, las manzanas asadas con mucho azúcar por encima, o la cuajada de aquí, de Bera. Además, la abuela hacía muy bien esos postres de natillas que llevaban limón y palos de canela.
-¿Cómo era un día normal en su vida?
-Cuando vivíamos en Madrid, en la calle Ruiz Alarcón, se levantaba sobre los ocho, desayunaba y se echaba al Retiro con su sombrero, su gabán y su bufanda. Se metía entre los castaños, y si era otoño y había castañas pilongas, se agachaba a recogerlas y se llenaba los dos bolsillos del gabán, para quemarlas luego en unas chimeneas de casa.
-¿Cuándo escribía?
-Volvía sobre las diez y se ponía a escribir de una tirada hasta las doce. Hablaba con gente que le visitaba, como su editor Ruiz Castillo, comía, luego se fumaba uno o dos cigarrillos rubios de los que le daban los americanos. Se echaba un siesta y a las cuatro se ponía otra vez a escribir hasta que llegaba la gente de la tertulia sobre las siete.
Puñaladas
-¿Tuvo o no tuvo novia?
-La supuesta misoginia del tío es una estupidez. En sus novelas hay por lo menos cien personajes femeninos y ninguno de ellos muestra que tuviera algo en contra de las mujeres. Al contrario, las trata como una finura tremenda. Y nunca escribió escenas sexuales. Sólo lo roza en 'Camino de perfección'.
-¿En la vida real?
-Hay una serie de amores que se conocen perfectamente. En su juventud, aquella chica que trabajaba en el teatro, y la de Azkoitia, a la que conoce en el tren, aunque los dos tuvieron sus dosis de frustración. En Francia está la rusa, dos chilenas, una de ellas muy interesante, y luego un amor que duró bastante tiempo, la marquesa de Villavieja.
-¿Quiénes son los barojianos?
-Hay mucho barojiano, que flota por ahí, te llama y te cuenta cosas. Y luego hay mucho enemigo, que de vez en cuando te pega la puñalada. Sí, mi tío Pío levanta pasiones.