En el País Vasco vivimos como en Azkoitia, nos encontramos como en Azkoitia, estamos gobernados como en Azkoitia y se 'educa' como en Azkoitia. Azkoitia ha sido estos días la pantalla, el escenario donde se ha puesto de manifiesto la situación, la división, la vida y el devenir cotidiano de Euskal Herria. Lo que se ha constatado en la villa guipuzcoana es que quienes la gobiernan, en lugar de preservar la dignidad de las víctimas, apoyan una reinserción provocativa de quien no muestra arrepentimiento ni voluntad de reinserción. Lo que se ha confirmado es el apoyo a los violentos para que rehagan sus vidas aunque deshagan las de las víctimas. Lo que ha quedado reflejado es que los nuevos caballeros de Azkoitia y los del Gobierno vasco, con la enmienda de la moción o sin ella, manejan como nadie la equidistancia dando abrazos a víctimas y victimarios. Lo que se evidencia es que estos señores no pueden pedir a los violentos que dejen de serlo, comprendiéndoles y apoyándoles. En estas estamos con Ibarretxe, ya sin crédito, hablando de 'oportunidad para la paz', de un consejo para la normalización o de otro plan para la reconciliación. La reconciliación y la normalización no llegarán mientras los nacionalistas 'democráticos' sigan mirando para otro lado, piensen que recuperar la memoria de las víctimas es un obstáculo para la paz o admitan que ha habido o hay razones para la violencia. No llegarán mientras los representantes políticos nacionalistas, ETA y Batasuna, no reconozcan sus errores y condicionen que se les pida responsabilidades por sus posiciones y atrocidades. No se conseguirá si los nacionalistas condicionan la paz al logro de sus objetivos. Para la reconciliación, la normalización o el entendimiento se requiere equidad, solidaridad, ética, dignidad y coraje.