La ley antitabaco deja a la elección de los hosteleros el permitir o no fumar dentro de los locales de menos de 100 metros cuadrados. El mismo 1 de enero, cuando entró en vigencia la normativa, casi todos estos bares exhibían ya un cartel que informaba del permiso o la prohibición de encender un cigarrillo en su interior. Desde un principio, la mayoría de ellos, el 90%, se decantó por dar placer a los fumadores. Y, poco a poco, algunos de los que habían optado por eliminar humos se pasaron finalmente al otro bando al ver descender su clientela. El resultado es que resulta casi imposible encontrar un bar sin aroma a cigarrillo.