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Miércoles, 1 de febrero de 2006
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ANÁLISIS
El perro fiero y el perro guardián
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Es difícil que los aficionados al fútbol, incluso los seguidores de un mismo equipo, se pongan de acuerdo salvo en desearle lo mejor. Un deporte que parece tan simple para quienes tienen la mala suerte de que les resulte ajeno, es sin embargo complejo para los aficionados, tanto como las infinitas partidas que pueden jugarse sobre un tablero de ajedrez. Cada aficionado se considera un entrenador, pero sólo uno lo es de verdad. Para unos, lo más destacado del partido de Anoeta fue el excelente juego de la segunda parte. En cambio otros recordaban especialmente los dos goles encajados en la primera, y entre éstos se encontraba el entrenador verdadero. Y éste salió a jugar al Getafe, que está en la mitad de la tabla y lleva dos años en Primera, con cuatro defensas en zona y un quinto dedicado a perseguir por el campo a un jugador rival. Fue como hacerle al Getafe un pasillo de honor. En lugar de intimidarle, se le hizo sentir importante. Se le mostró un excesivo respeto, lo que fue una invitación a que nos lo perdiera. El entrenador repitió una trama que ya le había fallado contra el Alavés. Al Getafe se le ganó, pero no da la impresión de que fuera gracias a ese planteamiento, sino a pesar de él. El Athletic mejoró notablemente cuando, cincuenta minutos después, el entrenador hizo al fin el cambio cantado, sustituyó al quinto defensa por un delantero en la izquierda, Dañobeitia, que permitiera a Yeste jugar por el centro. Ganamos, no hay que olvidarlo, de penalti discutible - tan discutible, tampoco seamos masoquistas, como el que nos pitaron en Barcelona o como la forma en que se bajó el balón, tal vez con el brazo, el jugador de la Real que metió el tercer gol de Anoeta -. Pero el partido se nos hizo largo. No fue un ejercicio de autoridad sino de aprensión, prevención y modestia exageradas.

Marcar al hombre parece antiguo. Se sacrifica un jugador propio a cambio de anular al futbolista más destacado del equipo contrario, lo que parece ventajoso, peón por figura. El problema es que se trata de un truco viejo y, en consecuencia, están estudiados muchos antídotos, por ejemplo retrasar al jugador perseguido y dejar un hueco por el que entran otros jugadores. Lo explicaba Menotti con la parábola del perro fiero y el perro guardián. El perro fiero defiende al hombre, sale corriendo detrás de un ladrón mientras otro desvalija la casa. El perro guardián defiende en zona, gruñe a cuantos ladrones lleguen, pero no se mueve de la puerta. Por eso Clemente encomendó la tarea a un quinto defensa, para que los otros cuatro mantuvieran la zona, en una especie de sistema mixto, pero que no dejaba de significar una acumulación defensiva que mermaba los efectivos en la media y la delantera. Si el frío te hace taparte la cabeza con la manta, puede ser contraproducente, porque se te enfriarán los pies. Al Getafe le bastaba con marcar a Orbaiz, máxime cuando Yeste sufría en la banda. Los delanteros estaban desabastecidos, tan sólo Iraola llegaba con suministros. Otro problema del marcaje individual es el exceso de celo que puede asaltar a quien sale con el único objetivo entre ceja y ceja de anular a un contrario y, así, una entrada de Ustaritz a Riki, peón y alfil respectivamente, pudo costar un penalti. Es comprensible que se tomen precauciones especiales jugando fuera o contra grandes equipos, pero es difícil entender que se haga en San Mamés y contra equipos medianos.




Vocento
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