El Correo Digital
Miércoles, 1 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Del humor
Si he de confesarlo, quizá la virtud que más estimo en un ser humano es el sentido del humor, que no tiene que ver con la provisión infatigable de chistes y menos aún con el arte zafio de gastar bromas de mal gusto y soltar después estruendosas carcajadas postizas. Basta un comentario improvisado con un toque de ironía para que un tipo me caiga bien, y basta una risotada de ésas que celebran la gracieta con gran aparato espasmódico para que aquel otro salga de mi campo visual expulsado sin miramientos con dirección al carajo. Conozco a sujetos que narran los chistes con la naturalidad de quien respira y también conozco a otros a los que haría tragar sus historietas con cuchillo y tenedor por el bien de la Humanidad circundante. Manías selectivas que tiene uno.

España ha sido siempre un gran proveedor de chistosos carentes por completo de sentido del humor, y la prueba la tenemos en las comedias televisivas, verdaderos recitales de chanzas insustanciales con las que no te ríes ni haciéndote cosquillas en la planta del pie. Quien esto escribe no tiene inconveniente alguno en partirse el eje con Woody Allen, por ejemplo, pero jamás le ha encontrado maldita la gracia a los Morancos, por seguir con los ejemplos, dotados según algunos de grasia (sic) que no se pué aguantá (sic redundante). Sin embargo, llevo tiempo notando que la capacidad para gozar de un chiste malo es inversamente proporcional a la de disfrutar de un comentario inteligente o de una aportación irónica de ésas que se pronuncian como quien no quiere la cosa y que no necesitan bombos ni platillos para desatar la risa o la sonrisa en el próximo prójimo.

Escribo todo esto porque en este país, numerosamente poblado de tarugos, se está perdiendo el poco sentido del humor que quedaba. Los políticos hablan en tono tronante y a menudo apocalíptico, a los comediantes del cine no se les entiende casi nada de lo que dicen y lo que se les entiende hubiera sido mejor no entenderlo, en las conversaciones de bar siempre reina el chistoso oficial con su repertorio siempre idéntico y empeorado por el ruido ambiental, y la sonrisa cómplice ha sido sustituida por la carcajada lela. Menos mal que aún quedan genios del buen humor por ahí. Yo conozco a más de uno y me encantaría presentárselos: hacen la vida más llevadera, espantan los quebrantos de la vida diaria y transforman de pronto al menda más deprimido o agobiado en ese tipo que un día fue feliz.



Vocento
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