El Correo Digital
Miércoles, 1 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Deshabituados
La otra noche reí escuchando a Buenafuente, analizando el secreto mejor guardado de la negociación entre Zapatero y Mas: el acuerdo se alcanzó mientras fumaban. Días después me entretengo oyendo los dicterios de algún dirigente del PP porque el pacto que ha de derruir España se alcanzó, precisamente, mientras los dirigentes fumaban. En esto ha devenido la oposición: siguen el chiste, participan con solemnidad de la broma. Y no es que crea que el incumplimiento de una ley es cosa baladí, pero, me parece, en el contexto de la rotura de vestiduras, el uso que se hace del ilícito nos acerca más a los análisis de la política de alcoba propia del Despacho Oval que a la sensatez y al buen juicio. Y es que si antes la política hacía extraños compañeros de cama, ahora los hace de nicotina.

No tema el lector: no insistiré con el Estatut, que, me parece, entra en la senda positiva del arreglo. Más bien me desviaré a hacer alguna leve reflexión tras la ley antitabaco. Pero tampoco me interesa, a estas alturas, pronunciarme a favor o en contra de la misma. Soy uno de los miles de fumadores que, cargado de parches, trata de abandonar la enfermedad. Y reconozco que si, ya, deseaba dar el paso, la ley me ha empujado definitivamente, porque al dificultarme el consumo, me genera unas cuotas de ansiedad que, espero, sean suficientemente mayores que las que me eliminaban cuarenta 'fortunas' diarios. ¿Debo ser un cínico que lamenta esta coerción del Estado, cuando converge con mis propios deseos? ¿Es moralmente superior la postura del que abandona el tabaquismo fruto de una libre decisión no mediada por las decisiones del poder político? ¿O deberemos considerar superiormente libre, próximo al anarquismo ético, al que desafía al poder insistiendo en fumar o, quizá, iniciando ahora su drogadicción? La verdad es que me importa un bledo todo esto: si dejo de fumar deberé bendecir la ley, y, si no lo consigo, deberé acatar una más de las normas que van pespunteando mi transitar por la vida.

Trato, pues, de ponerme al margen de cualquier fundamentalismo, aunque no ignoro ciertas contradicciones que, a veces, confluyen con intereses particulares. Y también opino que la ley debería haber ido acompañada de unas respuestas más decididas en el campo estricto de las prestaciones sanitarias públicas. Pero, hechas todas estas salvedades, a día de hoy, mi curiosidad intelectual se adentra por otros barrios.

El primero es la constatación de que, con independencia de las sandeces del PP, la ley antitabaco ha dado tanto que hablar como la reforma del Estatut, y no por las diferencias entre los partidos, que han fabricado un insólito consenso, sino porque es una ley que afecta directamente a los actos nimios, a lo cotidiano, a lo etnológico que pervive en nuestras sociedades complejas. Se generan nuevas maneras de solidaridad expresadas en emergentes tópicos, dichos con presunción por el fumador líder en cada corro de marginados. Los no fumadores dejan de sentirse los extraños definidos en negativo para ocupar una heroica centralidad social. Y son capaces, en el aprendizaje de breves semanas, de reconvertir sus quejas en términos de reivindicación de derechos largamente postergados. La ley está en la encrucijada de lo convivencial y sus resultados irán más lejos que sus propósitos.

Si esto es así, quizá lo sea porque las dilatadas campañas de justificación de la norma -que no suelen existir en otros casos- han llamado en su auxilio a fuentes de legitimación, hechas pasar como información aséptica, que explican también el consenso parlamentario: nadie es capaz de permanecer fuera y a salvo de esta oleada de argumentos antihumo. Porque son argumentos que se insertan en las dos religiones de nuestra época, aportando una sacralidad a las intenciones y a los gestos de una rotundidad tremenda.

Por un lado, de nuestra religión cultural tradicional, el catolicismo, se adopta la amenaza del infierno, en forma de los dantescos castigos prometidos en las cajetillas de tabaco. Es la promesa de que al pecado actual le seguirán futuros terribles, en los que el fuego se sustituye por cánceres variados, disfunciones eréctiles y esterilidades. Pero tampoco se renuncia al altruismo autorredentor del que salvará vidas si se abstiene de fumar. La voluntad es el motor de la renuncia, a cambio de larga vida, pulmones alegres e hijos no contaminados de alquitranes. Pero, por otro lado, la religión científica corre también en ayuda de la ley y, hasta la saciedad, se nos hace culpables de desconocer los estudios, que tienden al infinito, y que muestran la maldad del consumo de tabaco. No es aquí la voluntad egoísta o altruista la que trata de ponerse en juego, sino el terrible reproche de la ignorancia, la estupidez incívica del que se sitúa al margen de la medicalización social.

Obsérvese que ambas tendencias son plenamente convergentes y que excluyen otras razones disonantes que, a veces, han circulado, como los costes a la Seguridad Social de la enfermedades causadas por el tabaco o la amenaza siniestra de no trasplantar órganos a los fumadores. ¿Bien por los estrategas! Lo digo en serio, sin un ápice de reserva: esta sociedad, como todas, requiere de alguna dosis de violencia ideológica, de presión sobre las conciencias en pos de objetivos comunes que, se supone, la harán mejor de lo que es. Así que felicito la inteligencia de los diseñadores. Aunque no puedo omitir una maldad: quizá esto sea así porque, según vi una vez en un telediario, la mayoría de los publicitarios que trabajaban en estas cosas en el Ministerio de Sanidad, eran fumadores.

Pero lo importante, lo relevante y alentador, es que, por encima de esas dos religiones convocadas en auxilio de la salud y de las buenas relaciones sociales, al final hace falta la coacción de la ley. Lo que no sé -ni ley, ni invocación altruista, ni tremendismo sanitario lo lograrán- es qué sustituirá al tabaco en ciertos mitos, en las estéticas turbias de algunos géneros literarios o cinematográficos, en los minutos posteriores al sexo, en el reparto de puros en bodas y bautizos o, en fin, en la dura negociación política. La sociedad, afortunadamente, mejora. Pero, afortunadamente, de alguna manera, también resiste. Igual que al monje, los hábitos no hacen la sociedad, pero una sociedad sin hábitos es una sociedad desnuda y el poder político puede deshacer costumbres, pero no inventarlas. Y el fumar es un hábito, pero el no fumar no lo es. Porque será malo, será pecado, será egoísta, pero fumar es un placer. Ay.



Vocento
[an error occurred while processing this directive]