El Correo Digital
Lunes, 30 de enero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

Club Lector 10
Un aliado para tu ocio y tu bolsillo

Suscríbete al diario en papel
Disfruta de sus ventajas

Promociones
Las mejores ofertas en kiosko y tienda

Puntos de venta
Vayas donde vayas, estamos

Taller de prensa para centros escolares

Tarifas publicidad
Cómo anunciarse
PORTADA
violencia de género
Un centenar de mujeres llevan escoltas privados en el País Vasco para evitar maltratos
Desde hace un año, una donostiarra está protegida así de su ex marido tras una agresión que a punto estuvo de costarle la vida
INSEPARABLES. Alberto es la sombra de María. / IGNACIO PÉREZ
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar
Desde hace algo más de un año, María tiene dos sombras: la suya y Alberto, su escolta. María no es ni concejala, ni empresaria, ni ostenta ningún cargo de responsabilidad que le haya colocado en el punto de mira de la violencia terrorista. Es una ciudadana anónima, aunque su amenaza tenga nombre y apellidos: es el padre de sus dos hijas. «Podía estar muerta pero, afortunadamente, me libré. Otras mujeres no tienen tanta suerte y cuando el juez se plantea dictar una orden de protección, ya es demasiado tarde».

Su caso es atípico. María -por supuesto, es un nombre ficticio- comenzó a ser maltratada por su ex marido meses después de separarse. No quiere entrar en detalles, porque su caso está pendiente de juicio, pero admite que vio la muerte muy cerca. «Durante varios meses, me estuve protegiendo yo solita y con gente de mi entorno. Tuvieron que ocurrir hechos muy graves para que el juez dictara una orden de alejamiento y de protección».

Unos 'hechos muy graves', un eufemismo para explicar que estuvo a punto de perder la vida a manos de su ex. Durante un tiempo, agentes de la Ertzaintza le acompañaban en las rutinas diarias, pero la amenaza se colaba por miles de resquicios. «Yo no solicité escolta privada. Lo único que quería era protección, viniese de donde viniese. Bueno, en realidad, lo que quería es que se hubiese decretado prisión preventiva para el agresor, me parece que los hechos lo merecían».

Pero no fue así y, un buen día, llegó Alberto. «Nos presentaron en la comisaría de la Ertzaintza -recuerda él- y nos fuimos a tomar un café, en plan tanteo. Al principio no sabes nada de la persona que proteges. Te dicen: 'éste es tu siguiente servicio', nada más. Charlamos un poco y partir de ahí, a funcionar».

Curiosa paradoja: dejar tu vida en manos de un desconocido cuando la persona que probablemente mejor te conoce te la quiere arrebatar. «Al principio, no te queda más remedio que fiarte. Poco a poco, con el día a día y charlando mucho, la confianza se gana. ¿Que si es duro vivir con escolta? Duro es vivir con miedo».

-¿Ahora tiene miedo?

-En este momento no, me siento protegida.

Un día normal

Cada día, la jornada de Alberto empieza un poco antes que la de María. Se acerca a su domicilio, revisa la zona, el portal... No hay nadie. La llama por teléfono y ambos cogen el coche para desplazarse hasta el lugar de trabajo de María, que tiene una profesión socialmente muy reconocida. Alberto, entretanto, vigila. Comen en casa -cada uno en la suya- y, por la tarde, comienza «la ronda de extraescolares». «Procuro hacer las cosas que tengo pendientes mientras las niñas están ocupadas para no alterar demasiado la vida de Alberto».

Para María, las claves de una perfecta simbiosis son «comunicación, claridad y respeto». Aunque sea a costa de llevar una vida milimetrada, planificada al extremo, con escaso margen a la improvisación. «Bueno, la verdad es que, con niños, tampoco te queda mucha opción», se resigna. Procura que Alberto pueda llevar «unos horarios decentes» y, por ello, debe hacer algunas concesiones. «Él también tiene su vida privada. Se trata de compaginar las dos, la mía y la suya. A mí no se me ocurre ir de cena todas las semanas, no me parece justo».

-Pero, al final, siempre sale perdiendo la víctima, en este caso, usted.

-No. La vida me ha cambiado por culpa de una persona que no es Alberto. Si a mí me gusta que me respeten, pienso que a él también.

Amenaza conocida

Alberto asiente. Es la primera vez que protege a una mujer y no está acostumbrado a tantos miramientos; con los cargos públicos, las jornadas llegaban a prolongarse hasta las 20 horas. «Va con la persona», comenta. Hay otra diferencia: la amenaza, en este caso, es conocida. «Sé como es él, a través de María, pero es que además nos hemos dado los buenos días mu-chas veces. Hay sitios donde nos cruzamos, es inevitable. No es lo mismo cuando no sabes quién es el enemigo, cuántos son, dónde están». En principio, está a gusto con su trabajo. Procede de otra comunidad autónoma, aquí no tiene familia a la que rendir cuentas de sus disparatados horarios.

Tanto las hijas de María, como su actual compañero sentimental y el resto de su familia, han aceptado bien la situación. «Las niñas conocían los hechos, la agresión... Creo que tampoco hay que estarse escondiendo». Cuando va con las crías, de 10 y 7 años, Alberto procura distanciarse unos pasos. Si van juntos, pasan por amigos. O por pareja.

-¿Cómo definiría a Alberto?

-Como un buen compañero de trabajo... y también de mis ratos libres.

Alberto escucha mientras toma un café en el bar donde transcurre la entrevista. Por supuesto, sentado frente a la puerta. Nunca se sabe. Echa de menos una mayor formación por parte de las empresas de escoltas, más preocupadas «por hacer números» que por ahondar en el alma del 'cliente'. «Es necesario saber cómo tratar a una mujer que pasa por una situación tan delicada. También algo más de leyes, de las características del agresor... incluso de psicología».

-María, ¿cuándo cree que podrá vivir sin Alberto?

-Todo depende de la sentencia que reciba el agresor. Yo no puedo hacer planes. Quizá durante un tiempo pueda vivir tranquila. Sólo espero que, cuando este individuo vuelva a constituir un peligro para mí, alguien tenga el detalle de avisarme.

Cree que la Justicia se «cachondea» de las víctimas de la violencia de género. «Tenemos la sensación generalizada de que el agresor sale de rositas y envalentonado en la mayoría de las ocasiones. Un caso de cierta envergadura es tan sumamente largo que el agresor puede volver a agredir mientras se tramita. Si hay reiteración, debería ir a prisión preventiva, pero si el primer caso está sin juzgar, nunca llega a tener antecedentes. Siempre es presunto, presunto, presunto...»

-¿Se considera feliz?

-(Duda unos segundos) Sí, en cuanto a que tengo una relación estable, unas hijas a las que adoro, un trabajo y un entorno familiar que me apoya. Son muchas cosas que otras mujeres agredidas no tienen y además, en estos momentos, disfruto de un plus de tranquilidad que... sí, creo que soy feliz.



Vocento
[an error occurred while processing this directive]