Un acto reflejo. El ertzaina herido leve en la madrugada del domingo fue alcanzado por la onda expansiva de una bomba colocada por ETA junto a la oficina del Inem en el bilbaíno barrio de Santutxu cuando trataba de proteger a un vecino despistado que había sobrepasado el perímetro de seguridad. Según fuentes del Departamento de Interior, la explosión se registró pasadas las dos de la madrugada, apenas veinte minutos después de que un ciudadano que pasaba por la zona alertara sobre la presencia de una mochila con un cartel en el que se leía 'peligro bomba'.
La Policía autónoma, que se desplazó al lugar de inmediato, acordonó parte de las calles Santutxu y Juan de Gardeazabal. El artefacto, de entre 3 y 5 kilos de cloratita reforzada, había sido depositado entre la oficina de empleo y la salida de un garaje que da servicio a un bloque de viviendas. Mientras las dotaciones desplazadas aguardaban para determinar la composición de la bomba y proceder a desactivarla, un vecino apareció por un tramo de escaleras próximo.
Cuando uno de los agentes se le acercó para tratar de alejarlo de la zona, el artefacto estalló, rompiendo los cristales de varios pisos y portales y dañando a dos turismos aparcados en las inmediaciones. Una de las esquirlas provocó varios cortes en la mano al policía vasco, que fue atentido allí mismo por una dotación médica, mientras que el vecino resultó ileso. La detonación, que desvencijó también algunas persinas metálicas, sorprendió a buena parte de los residentes del barrio de Santutxu.
Algunos de ellos reconocieron haber sufrido «un enorme susto» al sentir «cómo retumbaba todo» en el interior de sus domicilios. «Nos hemos levantado de la cama de un bote. Ha sonado como si todo se viniera abajo», reconocía una pareja horas más tarde. Muchos coincidían en que sólo la hora a la que había acontecido el suceso había impedido «una desgracia mayor».
Murgia y Balmaseda
ETA volvió a utilizar en el barrio de Santutxu un método muy similar al empleado en los dos artefactos que explotaron entre la noche del miércoles y la madrugada del jueves pasados ante la oficina de Correos de Murgia, en Álava, y los juzgados de Balmaseda, en Vizcaya. Al igual que en esos dos casos, los terroristas no dieron ningún aviso previo de su colocación y los explosivos fueron dejados en lugares de paso, aunque a horas en las que apenas se registra tránsito de personas. «Podía haber ocurrido cualquier cosa porque por ese punto vamos todos a diario, tanto a pie como en coche», explicaban varios transeúntes ya por la mañana.
Las fuerzas de seguridad peinaron toda la zona durante varias horas en busca de pistas que determinen la identidad de los autores del atentado. También sopesan si la banda armada ha variado su 'modus operandi' y va a convertir en algo común dejar carteles con un letrero de alerta sobre el artefacto, en vez de dar aviso de su colocación a medios de comunicación o instituciones asistenciales.
De hecho, la de Santutxu es la tercera ocasión en que los terroristas siguen este procedimiento. En octubre de 2004, varios activistas dejaron un artefacto junto a una inmobiliaria del centro de Bilbao con un rótulo que decía 'peligro', mientras que añadieron el sustantivo 'bomba' en el que causó importantes daños en los juzgados de Zarautz en noviembre de 2005.