El Correo Digital
Viernes, 27 de enero de 2006
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MUNDO
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OPINIÓN/Huérfanos
El espíritu de Arafat ha dirigido los resultados que dieron el triunfo a Hamás. Perdido el timón político era presumible que se acabaran imponiendo los militares. Obtenemos nuevos y prometedores resultados a la expansión democratizadora de Bush, en los que se puede leer la reacción de los ciudadanos al palo. Pretender que los réditos de la Intifada -en cada hogar palestino un muerto-, convertiría a los partidarios de la lucha armada en apóstoles de la resistencia pasiva era ilusorio. Confiar en que la amenaza de EE UU de que no habría dinero para las nóminas si se imponía la opción fundamentalista cambiaría la voluntad de las gentes jodidas parecía ingenuo. Defender compromisos exclusivos como los de la UE con Fatah resultaba como mínimo poco diplomático. Todo tan absurdo como pensar que la desaparición del 'rais' borraría la corrupción de la ANP. Pero el principal problema palestino es su orfandad. La situación no ha cambiado porque Washington sigue haciendo en el mundo una política de diseño, sin contar con los ciudadanos que viven en él. Gracias a la política de tierra quemada, la clientela de Hamás -una organización que está llamada a gobernar sin haber renunciado a la lucha armada- equivale a la voluntad de un pueblo. Lo mismo sucede en Irak, en donde el idílico panorama de posguerra ha llevado a otra organización islámica, la chií, a hacerse con los resortes del poder absoluto. «La venganza es una pasión de naturaleza ígnea; si proporcionáis aire, pronto se evapora y apaga; pero si la comprimís, seguirá serpenteando insidiosa y acabará en delito o traición», decía Foscolo, uno de los mayores poetas líricos italianos, que fue oficial de Napoleón. Y en esta tesitura, hemos afincado nuestra democracia en Palestina, Irak, Afganistán, Irán o Pakistán que, en agradecimiento, levantan un muro de intransigencia, cuando no enemistad, frente a Occidente. Napoleón estableció por motivos higiénicos que los cementerios estuvieran fuera de las ciudades y por razones democráticas que todas las lápidas fuesen iguales. La nostalgia puede producir la rara sensación de cualquier tiempo pasado con sus insoportables fórmulas de contención por el autoritarismo de individuos como Sadam, Arafat o Bin Laden, fuera mejor que el tejer una voluntad democrática sin cimientos sobre la muerte y el hambre. La voluntad de ablandar el corazón de los ciudadanos con metralla sólo alimenta el resentimiento. En cuanto al miedo, vencida la primera repugnancia, tal vez deberíamos preguntarnos: si Sharon fue capaz, casi, de civilizarse y convertirse, casi, a la paz, por qué no Hamás? Y ¿por qué va a resultar uno peor que la otra?

¿Qué haría Ari en una situación como ésta?, se interrogaba ayer un periódico israelí. También los judíos se sienten huérfanos.



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