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Domingo, 22 de enero de 2006
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VIZCAYA
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Los hospitales de Triano
A finales del siglo XIX se pusieron en marcha las primeras instituciones médicas en la zona minera, a cuyo frente estuvo el doctor Enrique Areilza
HERIDOS. Una de las salas del hospital minero de Triano. / EL CORREO
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Casi veinte años tardaron los patronos en darse cuenta de lo necesario que era un hospital para atender a los desgraciados que trabajaban en sus minas. Desde que comenzó la fiebre explotadora en 1863 -momento en el que las Juntas Generales suprimieron la prohibición de exportar mineral de hierro más allá de los límites del Señorío- hasta 1880 -año en el que un puñado de empresarios propuso al gobernador civil Manuel García Aguilar la idea de levantar un hospital- perecieron cientos de mineros víctimas de una inhumanidad laboral sin precedentes. Barracas inmundas, higiene deficiente y el alto riesgo de verse afectado por cualquier epidemia infecciosa formaban parte del infierno cotidiano de los mineros. Pero, además, la mina implicaba un altísimo riesgo de accidentes: una vagoneta sin control que atropellaba a un minero, un trozo de roca que impactaba sobre el cráneo de cualquier trabajador...

Ante semejante panorama, la clase patronal vizcaína se vio en la obligación de proyectar la edificación de un hospital minero. Para ello se eligió una junta general, formada entre otros por Víctor Chávarri, Fernando L. de Ibarra, Benigno de Salazar y Pedro P. de Gandarias -la flor y nata del capitalismo vizcaíno de la época-, que, en mayo de 1880, decidió destinar 75.000 pesetas a la construcción de los edificios que habrían de albergar la citada institución médica.

El terreno elegido para el emplazamiento del hospital fue el Cerro de Buenos Aires, un lugar con vistas maravillosas y de un significado histórico innegable. Allí fue, según cuenta Manuel Vitoria Ortiz en su 'Vida y obra del Doctor Areilza', donde, durante la última guerra carlista, don Carlos de Borbón se situó con su estado mayor para seguir de cerca las evoluciones de su ejército en la batalla de Somorrostro. Decidido el emplazamiento, y mientras se subastaban y se realizaban las obras, se levantó un pequeño edificio de madera que hizo las veces de primer cuarto de socorro. Al mismo tiempo, se abrió un concurso con el fin de adjudicar la plaza de médico-director del futuro hospital, «dotada con la decorosa asignación de 3.750 pesetas e incluyendo vivienda».

Sin prestigio de clase

En Madrid, un joven médico bilbaíno, Enrique Areilza, preparaba su tesis doctoral bajo la dirección del catedrático de Patología Quirúrgica, Nicolás de la Fuente Arrimadas. Es más que probable que fuera éste quien animó a Areilza a presentar su candidatura al concurso convocado por la Comisión de los Hospitales mineros. El 6 de diciembre de 1880, la Academia de Medicina de Valladolid falló a favor del joven Enrique Areilza Arregui, entre veintitrés candidatos. Con tan sólo 21 años, aquel flamante doctor bilbaíno se convirtió, en enero de 1881, en el primer médico-director del Hospital Minero de Triano.

A juicio de muchos -su familia, por ejemplo-, las miserias obreras no daban prestigio de clase, pero sus desgracias físicas abrían unas posibilidades inigualables de experiencia médica. Durante el primer año de funcionamiento del hospital se asistió a 589 enfermos, de los que 352 fueron heridos en accidentes laborales. El tifus y la viruela hicieron el resto. De ahí que tuviese que desdoblarse la atención. Se construyó un edificio para los accidentados y otro para los afectados por enfermedades infecciosas. El ritmo de trabajo llegaba, según la época, a ser frenético.

Se funcionaba como si de un hospital militar se tratase. «Los traumatismos eran de todo tipo -señala Manuel Vitoria Ortiz-, destacando entre ellos las fracturas de pelvis, producidas entre los trabajadores que sirven de galgueros entre los vagones que arrastran bueyes y mulas». A este tipo de lesiones les seguían los traumatismos craneales producidos por las piedras que los barrenos hacían saltar por los aires. De alguna manera, era la premura extractiva la que marcaba las urgentes intervenciones médicas, en las que las amputaciones estaban a la orden del día. Las minas más crueles e inhumanas eran la 'Eloísa', la 'Urallaga' y la 'Magdalena'. La crudeza de los accidentes no sólo obligó a tratar fracturas y practicar trepanaciones, sino que también hubo que poner en práctica las incipientes técnicas del injerto de piel para cerrar muchas desgarraduras. No es de extrañar que, desde muy pronto, el doctor Areilza se hiciera con una reputación casi mítica. Las circunstancias forzaron la adquisición de una experiencia inigualable.

Viruela y tifus

El siguiente paso de la Comisión de los Hospitales fue hacer extensiva la asistencia médica y el suministro gratuito de medicamentos al domicilio de los obreros. Para ello se contrató a ocho médicos con el fin de cubrir las siguientes zonas: barrios de Gallarta, la Baya, norte de Triano, la zona de Balastrera, Pucheta, Matamoros, Pobeña, Somorrostro, Galdames, Sestao, Portugalete, el Desierto, Luchana, Retuerto, Ortuella y San Salvador. Además de los médicos asignados a cada área, no era raro que Areilza contara con la colaboración, sobre todo en verano, de estudiantes de medicina que aprovechaban las vacaciones para aprender con el ilustre 'médico minero', que no cesó en ningún momento de trabajar a favor de la salud de los obreros. De hecho, implantó la vacunación obligatoria contra la viruela entre mineros y sus familiares, una iniciativa que disminuyó los índices de morbilidad de esa población por debajo de las cifras que presentaban algunas zonas de Bilbao. Otro de sus logros fue el de reducir la incidencia de las fiebres tifoideas entre el colectivo minero, al conseguir que se recondujeran las aguas potables desde Abanto y Zierbena.

La enorme implicación con los enfermos y su alto grado de compromiso convirtieron a Areilza en un referente médico. Pero, sin duda, el verdadero logro fue el de la atención directa y cuidada a los mineros. De alguna manera, los hospitales de Triano y su médico-director fueron un pedazo de cielo en el oscuro infierno de las minas de Vizcaya.



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