La economía mundial prolongó en 2005 la brillante trayectoria iniciada a mediados de los noventa. El crecimiento del PIB superó el 4% y se mantuvo la estabilidad de precios. De esta forma, se puso de manifiesto la capacidad de la economía mundial para asimilar perturbaciones imprevistas -guerras, terrorismo, huracanes- sin poner en peligro las conquistas alcanzadas. Aunque cada vez es mayor el número de países que se incorpora a este dilatado ciclo económico, los dos grandes motores del mismo siguen siendo el consumidor estadounidense y el fabricante chino. Desgraciadamente, el pasado año esta bonanza no llegó a calar en el Viejo Continente, que tiene dificultades para adaptarse a la globalización. A juzgar por el fracaso de la Constitución en Francia y Holanda, la sociedad europea parece resistirse a las inevitables reformas de su modelo social.
La mayoría de los analistas y de los organismos internacionales son optimistas sobre el futuro inmediato de la economía mundial. Según ellos, el crecimiento del PIB en 2006 será similar al del pasado año. Prevén un paulatino endurecimiento de las políticas monetarias a fin de impedir que las expectativas de inflación se vean retocadas al alza por el aumento del precio del petróleo. Aún así, se inclinan a pensar que las condiciones financieras seguirán siendo holgadas: primas de riesgo y tipos de interés a largo plazo reducidos. Se espera que sea el año en el que Japón salga de la deflación y en el que la locomotora alemana despierte de su letargo. El programa de reformas auspiciado por el gobierno de coalición de Ángela Merkel ha sido muy bien acogido por el mercado, lo cual ha hecho que, en sólo un mes, las previsiones hayan mejorado significativamente.
Desgraciadamente, este escenario no está exento de riesgos, uno de los cuales es el precio del petróleo. El FMI estima que, por cada 5 dólares de encarecimiento del barril de crudo, el crecimiento del PIB mundial se reduce un 0,3%. Hasta ahora, los efectos de la carestía del petróleo se han visto amortiguados por la mayor eficiencia energética y por el efecto deflacionista de las exportaciones chinas. Pero no puede excluirse una nueva escalada de precios del crudo, debido a la delicada situación política que se vive en Oriente Medio. En este caso, los bancos centrales, a fin de garantizar el control de la inflación, se verían obligados a elevar los tipos de interés de forma más brusca de lo deseable. Sus consecuencias, aunque difíciles de precisar, pueden ser graves, debido a los enormes desequilibrios acumulados por la economía mundial tras diez años de abundante liquidez.
La manifestación más tangible de esos desequilibrios es el abultado y creciente déficit exterior de Estados Unidos. Por paradójico que resulte, la financiación del coloso americano está recayendo en países con grandes necesidades de recursos: emergentes asiáticos y productores de petróleo. Entre las causas que llevan a estos últimos a exportar su ahorro se encuentran la falta de confianza en sí mismos a la hora de invertir y el deseo de evitar revaluaciones de sus monedas frente al dólar. El resultado de este «atracón global de ahorro», como lo ha calificado Ben Bernanke -el sustituto de Alan Greenspan en la Reserva Federal de EE UU- es la existencia de unos tipos de interés reales a largo plazo asombrosamente bajos. Estos mezquinos tipos, a la vez que desatan una febril búsqueda de rentabilidad a escala mundial, alientan un indiscriminado apetito de riesgo entre los inversores, que es el origen de las denostadas 'burbujas' especulativas.
Este estado de cosas ha creado un clima de complacencia entre los líderes mundiales, al que no es ajena su convicción de que los remedios siempre serán dolorosos para sus clientelas domésticas. A esto se une el falso sentido de seguridad instaurado en los últimos años sobre los efectos taumatúrgicos de la globalización. Y, sin embargo, son muchos los analistas que, a modo de modernas Casandras, nos recuerdan que el déficit exterior estadounidense no es sostenible. Temen que una caída brusca de la demanda en dólares genere turbulencias en los mercados financieros y presiones a favor de medidas proteccionistas. Añaden que, de suceder esto, nos veríamos abocados a una recesión mundial, cuyo epicentro se situaría en EE UU. Por eso reclaman una acción internacional que, de forma concertada, corrija gradualmente los actuales desequilibrios.
Para alcanzar ese objetivo, los organismos internacionales proponen una serie de recetas de manual: aumento del ahorro en Estados Unidos, liberalizar el régimen cambiario en Asia y reformas estructurales en Europa y Japón. La dificultad estriba en repartir la carga implícita en esas medidas cuando se produzca la inevitable devaluación del dólar. Lo cual significa que también se necesita el liderazgo de EE UU para coordinar las iniciativas. Pero la posición de este país se ve debilitada por su endeudamiento y por el fracaso de la guerra de Irak. No cabe descartar que la situación actual se dilate más allá de lo aconsejable, aumentando con ello la probabilidad de un aterrizaje brusco de la economía mundial. De ahí la necesidad de ser cautelosos como inversores, porque los precios de determinados activos descuentan tasas de crecimiento y de inflación ilusorias.