El problema de dónde vivir cuando uno ya es mayor y no hay ganas ni recursos para hacerse con una mansión otoñal es arduo, pero puede tener resolución fácil. La oferta en Vitoria alcanza los 1.400 pisos y los números van en aumento, y supongo que deberíamos alegrarnos por ello. Tener una casa propia supone una tranquilidad insuperable a todas las edades, pero mucho más cuando uno ha entrado en el penúltimo tramo de esta existencia dificultosa.
Otra cuestión es la que se refiere al coste de tales viviendas, que a unos les parecerá un regalo de los dioses y a otros un expolio sin atenuantes. Dejemos a los expertos contables sus opiniones al respecto, pero insisto en que lo que parece un chollo para unos es en realidad una cuesta ascendente para otros. Confieso que no termino de entender cómo se resuelven estas cosas con justicia y equidad, pero pienso en los que nos preceden en edad y siento cierto malhumor quizá inconcreto. Todo parece que va bien, pero no estoy seguro.
Con quien estoy de acuerdo es con el síndico de esta ciudad, don Javier Otaola, que advierte sobre la inconveniencia de ubicar apartamentos para personas mayores en entornos industriales. Es una cuestión que debería pertenecer al sentido común y que a veces sorprende por sus criterios absurdos. Nuestros mayores no merecen vivir ahí fuera, tan lejos.