Erase una vez un edificio raro ubicado en los aledaños de la estación de ferrocarril cuyo futuro no era otro que el de constituirse en bar de referencia para viajeros sedientos, viandantes curiosos y otros elementos exentos de peligro en la selva urbana, aunque Vitoria tenga de selva lo que Nueva York de jardín de las delicias. Ese edificio, de buena planta y aparente gran futuro, es a día de hoy un cuchitril desamparado con la fachada llena de graffitis y el aspecto de una cabaña donde podrían resistir las tribus más abyectas. Nadie se ha ocupado del sitio, salvo para desalojos de última hora y otras obras de caridad instantánea, y sus habitantes, que dormían con la placidez obligatoria del vino de garrafa, han ido pasando por ahí con sus greñas obligatorias y sus vestimentas de prófugos causando algunos quebrantos emocionales al vecindario, algunos ruidos molestos y la sensación de que algo no encajaba en ambiente tan selecto.
Nunca me explicaré cómo es posible que se construya un local tan prometedor para dejar que se convierta en una ruina, y en tan poco tiempo.Pero he de admitir que en esta ciudad en la cual se puede levantar el palacio de Versalles, inaugurado con gran pompa y circunstancia y dejar que se caiga a pedazos por falta de uso y de cuidados, todo es posible. Ahora no se sabe si el destino del local es el derribo inclemente o la rehabilitación tardía, y eso ya da igual. A pocos metros del Felipe y de la estación de ferrocarril, a poquísima distancia de la Universidad, en un paseo que podría convertirse en toda una atracción para el paseante, tenemos un caserón muy moderno donde no hace nada habitaban las ratas y los vagabundos con sus somnolientas pendencias nocturnas en compañía de gatos y perros famélicos de precaria envergadura. Y uno se pregunta para qué diablos se construyó el mamotreto, qué utilidad se pensó para él si las intenciones fantásticas eran tan endebles.
Es una pena, porque este peatón confiaba en el brillante futuro del restaurante de marras. Buenas vistas, espacios amplios, localización impecable en una zona idónea, uno de los mejores bares de la ciudad como acompañamiento logístico a apenas unos metros y la posibilidad de una multitud de amenos estudiantes con ganas de salir de vez en cuando de las aulas para zamparse un bocata. De acuerdo en que quizá el bar invade una propiedad de Renfe donde está prohibida la edificación, pero me pregunto por qué no se pensó en eso antes, y sobre todo, por qué no se pensó mejor.
El caso es que a día de hoy tenemos un edificio maldito, sucio, viejo antes de ser joven y al parecer muy molesto, que no debería estar ahí pero que está y del que nadie parece dar razones de por qué está. Cuando todos seamos calvos asistiremos a la solución del enigma mientras tanto contemplemos perplejos cómo se hacen las cosas por aquí. El otro día me preguntó un amable viandante qué era ese edificio ruinoso dejando de la mano de Dios y le contesté con candidez que cosas del Ayuntamiento. Como vivo por ahí y lo veo todos los días puedo retener su condición en mi memoria y recordar una tétrica pelea de perros a la que asistí hace tiempo. Hacía un frío siberiano y los canes parecían calentarse mordiéndose con gran alarde bulímico los unos a los otros. Dentro, supongo, dormían sus dueños, hartos de Don Simón y roncando como el coro de los muertos. Hay muchas leyendas sobre el caserón abandonado, pero lo que es cierto es que sus moradores no despiertan ni sobresaltos por la furia del tren en el que dormitan con más o menos confort los viajeros con rumbo, o leen el diario o calculan qué hay de verdad en los amoríos seniles de Carlos Larrañaga.