El Correo Digital
Domingo, 8 de enero de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
POR CARLOS PÉREZ URALDE
La mirada del peatón. La marabunta
La época de rebajas es uno de los espectáculos más deplorables a los que puede asistir el ser humano
La imagen paródica ya la conocen: las puertas de unos grandes almacenes se abren y una multitud histérica y atropellada entra en el recinto con la intención supuesta de arrasar con todo lo disponible en estanterías, mesas, cestos y mostradores sin el menor recato. Es uno de los espectáculos más deplorables a los que puede asistir un ser humano: la ciudadanía incurre en un estado de demencia colectiva muy poco estudiada por los expertos y lo que antes era un amable espacio en el que adquirir objetos de consumo se convierte en la versión empeorada del fin del mundo. Son las rebajas, esa artera maniobra comercial que consiste en hacerle creer a usted que va a encontrar gangas milagrosas donde sólo hay, por lo general, quincalla al por mayor. Y subrayo lo de por lo general porque a veces se encuentra lo que no se buscaba pero se quería encontrar desde el fondo insondable de la intuición. Suele pasar muy poco.

Unos grandes almacenes en época de rebajas son algo muy parecido a una aglomeración ingente de hombre y mujeres (más ellas que ellos, seamos realistas) empeñados en convertirse en un rebaño díscolo sin pastor que no está dispuesto a dejar sin tocar ni un humilde pañuelo. Ellas manosean el género con ademanes febriles, como si literalmente les fuera la vida en ello, ponen caras de enfado incurable sin que se sepa muy bien a qué se debe ese gesto permanente, se abren paso a codazos, vuelven locas a las dependientas que no dan abasto y que a veces se comportan como adustas agentes del orden con resultados desastrosos y todo es caos y malos humos. Sé qué exagero, cómo no lo voy a saber, pero no demasiado.

Conozco a un tipo que lleva intentando escribir un ensayo acerca del comportamiento de los seres humanos en época de rebajas. Los que le conocemos sabemos que puede tratarse de una obsesión personal, pero poco a poco sus revelaciones suenan a certezas irrebatibles si uno, en un alarde de temeridad, se da una vuelta por el escenario del crimen. No sabemos cuándo acabará su estudio si es que lo acaba, pero ya tiene una conclusión brutal: se trata de un caso irrebatible de demencia colectiva que ni la plana mayor del colegio de psiquiatras podría explicar. Hay gente, por ejemplo, que no duerme el día anterior al gran evento, que vela la tarjeta de crédito como los caballeros andantes velaban su chatarra bélica y que a toque de diana salen de la cama en un estado de ansiedad que ningún ansiolítico puede combatir. Y al cabo de unas horas vuelven al hogar exhaustos para tumbarse de nuevo en la cama y descubrir al día siguiente que todo lo que han comprado es una birria que no usarán nunca.

Lo peor de todo esto es que las rebajas se repiten casi todos los meses, estrategia comercial inaudita y que, por lo tanto, no parece muy acuerdo incurrir en tales estados de ansiedad si al fin y al cabo la ceremonia se va a repetir pasado mañana. Como hay comportamientos humanos de índole indescifrable que debemos asumir si no queremos ingresar en el frenopático por graves problemas de perplejidad clínica, dejémoslo estar. No hay más remedio.

A veces tiendo a proponer un consejo a mis lectores, siempre desatendido como es de rigor, y éste se refiere al tumulto que se avecina: cálmense, no crean que la temporada de rebajas va a ser la última, hagan bien las cuentas y tómense una tila antes de comparecer ante las hordas enfurecidas. A mí no me verán en el trance, se lo juro, ni siquiera como observador lejano. Estaré en la otra punta de la ciudad con una caña en la mano y una saludable paz de espíritu.



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