El Correo Digital
Jueves, 5 de enero de 2006
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MUNDO
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El cocodrilo
Putin ha tirado de la cuerda para ahorcar a Yúshenko, que le debía una revolución. Pensó que a partir de los doce grados bajo cero del invierno ucraniano y dejando al personal sin gas ni para los mecheros podía provocar la contrarrevolución en vísperas de una nueva cita electoral. El golpe de gracia y óbito político del presidente ucraniano, un nuevo y calculado envenenamiento, le venía por el lado de los precios exorbitantes que le imponía Gazprom, la compañía dispensadora del Kremlin. Pero, ¿ah, contrariedad! los gaseoductos que abastecen a Europa occidental pasan por Ucrania. La ingenuidad de Rusia fue pensar que los ucranianos darían por bueno el atraco y lo aceptarían como justo castigo económico a su iniquidad política. Pero el efecto ha sido parecido al que tendría que mi mujer decidiese quitarme del vino y que la cañería de la bodega pasara bajo mi almohada. Era tan malitencionado como absurdo pensar que los ucranianos verían pasar el gas hacia otros países y resistir la tentación de hurtar unos metros cúbicos para su paella. Así que Putin ha ha vuelto a calcular fatal y ha estado a punto de propinar una patada a los actuales líderes de Ucrania en su propio culo: yugular el floreciente negocio del gas con el resto del continente al decretar la ley seca y ganarse la antipatía del tercer mercado del mundo después de EE UU y China. Demasiadas cuerdas para un violín. En un doblete estulto ha cabreado a los ucranianos y a la Unión Europea, para finalmente acabar cediendo a las aspiraciones ucranianas, esta vez devaluadas y que pasan por comprar el gas a 95 dólares los mil metros cúbicos cuando en un principio llegaron a ofrecer 160. Para salvar la cara, o el culo, ha practicado un salto con tirabuzón y sin red. Creado una empresa propia llamada RosUkrEnergo, con capital ruso y austriaco, que comprará el gas caro para venderlo como ganga a los ucranianos, a cambio de recibir otro más barato procedente de Turkmenistán y Kazajastán. Para ese viaje el amo del Kremlin no necesitaba alforjas. Yúshenko sale fortalecido de la crisis, blindadas sus opciones nacionalistas de ratón frente al gato depredador ruso, y aquí paz y después gloria. Rusia ya había perdido la partida, y la vergüenza, acusando a la bellísima primera ministra Timoshenko hasta de sodomía, para que la Fiscalía retire por fin todos los cargos. La cuerda se vuelve a romper por el lado del Kremlin, y Putin enseña el trasero. Se deja ver como un aliado peligroso que en sus vengativos devaneos puede alterar la estabilidad de Asia o Europa. A estas alturas, sólo el ex canciller alemán Schröder debe confiar en el bajito y menudo Rasputín con resabios de espía. La de Putin siempre es la sabiduría del cocodrilo, que llora cuando devora a sus víctimas.



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