A todos nos encanta que nos traigan las cosas a casa, sean cuales sean esas cosas: desde una pizza al dente hasta un cochinillo asado pasando por lo que ustedes puedan imaginar: canguros que cuiden al niño, cocineros que le hagan la cena, limpiadores que le laven hábilmente la vajilla y, si usted se empeña, un mariachi completo con sus guitarrones que le canten aquello de «pero sigo siendo el rey» en el salón de su casa.
Este tipo de inventos no han sido muy frecuentes en esta ciudad, pero parece que conforme nos vamos modernizando ya no extrañan a nadie. Llegamos a casa fatigados y mustios después de una larga jornada laboral y ponerse a cocinar la cena en esas circunstancias resulta notablemente fatigoso. Por eso ahora basta con llamar a un número de teléfono y al cabo de un prudente lapso de tiempo ya tiene usted lo que necesita y lo que no necesita pero le agrada tener, también. Nuestras abuelas no lo creerían: se llevarían las manos a la frente y dirían que algo tendrán que ver las malas artes del diablo para que tales desafueros se cometan.
Debo confesar que este tipo de servicios me han salvado en más de una y en más de dos ocasiones. Uno, que carece por completo del don de la previsión en lo que a la intendencia doméstica se refiere, ha tenido que acudir a esas empresas de ayuda sin las cuales uno se quedaría sin cenar a la una de la madrugada porque se le olvidó comprar una humilde docena de huevos y además carece por completo de ganas de buscarse la vida rondando las pocas tascas abiertas en busca del maná.
Sólo la lectura de la lista de ofertas tranquiliza en esta época de despistes cotidianos. Úsela.