En términos absolutos, con 3.329 personas que se dejaron la vida en las carreteras el año pasado y casi 3.000 heridos, hay poco margen para las felicitaciones. Pero es legítimo constatar con cierto optimismo que 2005 fue el segundo ejercicio consecutivo con una tendencia esperanzadora en cuanto a la disminución de la siniestralidad, según los datos de la Dirección General de Tráfico. El descenso del número de víctimas marcha paralelo a la mayor severidad en las normas de seguridad vial y a la concienciación de los conductores. Si el dato de fallecidos en los últimos doce meses resulta todavía alarmante -y así debe ser percibido por la sociedad-, sólo hay que remontarse a finales de la década de los 80 y primeros de los 90 para encontrar un periodo durante el que se llegaron a superar los 6.000 muertos anuales. Si en el balance comparativo incluimos el parque automovilístico, con 15 millones de vehículos en aquella época negra frente a casi 28 millones ahora, es más apreciable el buen resultado del empeño colectivo por un tráfico mejor. Todo esto abunda en la necesidad de insistir y avanzar en las diferentes medidas que se vienen aplicando en materia de seguridad vial, que han de ser educativas, de prevención, de mejora en la red vial y, en último término, represivas.
Pero el descenso medio del 5% en el número de accidentes mortales y de fallecidos -porcentaje que casi se duplica en los heridos- no debe llevar a bajar la guardia ni a las autoridades ni a los automovilistas. La puesta en marcha este año del carné por puntos tiene que servir para estimular el sentido de responsabilidad del conductor, como ha ocurrido ya en otros países de la UE. Sin olvidar la importancia de implantar de verdad la educación en seguridad vial dentro del currículo escolar.