En todos los artículos que he leído y en todas las tertulias que he escuchado desde que el pasado mes de octubre estalló la revuelta de las barriadas francesas, he echado de menos un dato que me parece fundamental: ¿Cuántas chicas han participado en los actos violentos? Si no ha habido ninguna, ¿qué pasa con las chicas? ¿Sirven los análisis que se han hecho para todos los jóvenes de esos barrios?
Las chicas de esos suburbios tienen los mismos problemas de inserción social que los chicos, sufren la misma o mayor discriminación al acceder a un puesto de trabajo y seguramente tienen más conflictos internos en sus casas, derivados del choque cultural entre los países de origen de sus familias y la educación que reciben en Francia, pero ellas no han salido a la calle a quemar coches. Es más, hace ya varios años que llevan denunciando la violencia que algunos varones ejercen sobre ellas. Tanto es así que se han constituido en una plataforma llamada 'Ni putas Ni sumisas'.
El pasado año, Fadela Amara, francesa de padres argelinos y portavoz de la plataforma, publicó un libro con ese título en el que analiza la deriva de los jóvenes de esos barrios. La autora recuerda cómo en su adolescencia el objetivo fundamental de las chicas y chicos del barrio era integrarse en la cultura francesa. Aunque ella es creyente, habla de los valores de la República con verdadera admiración. Firme defensora de la escuela laica, la autora suscribe la ley que prohíbe la utilización del velo en las aulas. Recuerda, asimismo, que algunas jóvenes como ella lucharon también contra la cultura patriarcal impuesta en casa, que les impedía realizar determinadas cosas que les estaban permitidas a las francesas de su generación.
Algunos sociólogos han acuñado la expresión 'generación game boy' para explicar la ola de violencia que ha asolado Francia, y me parece muy adecuada, porque no hay 'girls' en ese panorama. Las chicas no sólo no han participado en el estallido de violencia, sino que, como decía antes, llevan años padeciéndola. En opinión de la autora, ese fenómeno se debe fundamentalmente a tres factores: la progresiva pauperización de esas barriadas, la falta de servicios sociales y el cambio de valores.
Mientras la mayoría de los franceses ha ido mejorando durante los últimos años sus condiciones de vida, las hijas e hijos de emigrantes (franceses igual que el resto, no lo olvidemos) han ido sumiéndose cada vez más en la pobreza. La mayoría de los jóvenes de esos suburbios están sin escolarizar; pero es que, aunque tuvieran estudios, no accederían a puestos de trabajo, debido al racismo imperante. Por otra parte, si en la década de los 80 existían servicios sociales y ayudas para esas barriadas (educadores, escuelas especiales, subvenciones para asociaciones, etcétera), en la década de los 90 todo ello ha ido desapareciendo. Finalmente, señala la autora, los jóvenes varones ya no respetan la autoridad paterna. Es más, no sólo no la respetan, sino que se han erigido en 'guardianes del honor' de sus hermanas.
El nombre de la plataforma se debe precisamente a que los chicos utilizan sistemáticamente la palabra 'puta' para calificar a sus hermanas cuando se maquillan, salen del barrio o tienen su propia independencia. En consecuencia, les controlan el dinero, las salidas y entradas, las relaciones que mantienen... Y si las chicas se rebelan, las agreden, las violan e incluso las matan. Por ello, creo que esos estallidos de violencia no se pueden explicar solamente por la falta de inserción social, el racismo o la frustración; hay que recurrir a otras claves para entenderlos. Una de ellas es la distinta socialización de chicas y chicos y otra la tolerancia que existe en la sociedad hacia las manifestaciones violentas de los varones.
En mi opinión, en las sociedades desarrolladas, paralelamente a los avances que se están realizando en materia de igualdad, se están reforzando los roles tradicionales a través del mundo de la imagen: videojuegos, televisión, cine, videoclips... En la mayoría de ellos, el varón sigue siendo el protagonista absoluto de las historias y en muchos casos resuelve sus problemas de forma agresiva y violenta. La mujer, en cambio, no es sino su comparsa, una chica muy moderna en cuanto al atuendo y quizás no tan dulce como cabe esperar, pero dependiente y sumisa. Si en alguna ocasión la protagonista principal es una mujer, responderá al patrón masculino de conducta. Por ello, castigar a quienes se salgan del rol se ha convertido en un juego más para esos chicos. Un juego que, en algunos casos, ha supuesto la muerte de algunas jóvenes.
Pero no hay que ir tan lejos. También en nuestro país se está produciendo una deriva peligrosa en los jóvenes. Aunque no tenemos los niveles de emigración de Francia, ni sus problemas de inserción social, los datos nos muestran que cada vez son más los jóvenes que agreden a sus compañeras, y que las agresiones de los hijos varones a sus padres y, sobre todo, a sus madres, van en aumento. Sin hablar de las agresiones en las aulas. Conviene analizar en profundidad lo que está pasando en aquel país, ya que ello puede ayudarnos para el futuro; en cualquier caso, un diagnóstico más acertado del problema permitirá una solución de la que también se beneficien las mujeres.