Cada establecimiento de Nueva Orleans con planes de abrir tiene un cartel en el que busca empleados desesperadamente, pero ante la falta de viviendas no hay quien pueda aceptar los empleos.
Las hispanas que hacen el servicio de habitaciones en el Hotel Wynham pagan por dormir amontonadas en el salón de una anciana que comparte su casa con 15 temporeros para sobrevivir, todos ellos hispanos. Tienen suerte, la mayoría de sus compatriotas duermen en tiendas de campaña. Son la nueva imagen de una ciudad cuya demografía ha dado un vuelco que algunos temen fatal para su futuro cultural.
«Los negros probablemente tengan que conformarse con ser la minoría incluso cuando la ciudad vuelva a la normalidad, dentro de cinco años», estima Kevin Mercadel. Antes, representaban el 68% de la población, frente a apenas un 28% de anglosajones. Hoy, esta proporción es prácticamente la inversa. Los hispanos casi no existían, aunque ahora inunden las calles.
Sandra García, empleada de limpieza de un hotel, no cree que los suyos se queden por mucho tiempo. «Ya están empezando los abusos», cuenta a media voz. «Nos pagan menos que en otros sitios, aunque nos sale a cuenta porque hacemos muchas horas extras. Nos amenazan con despedirnos cuando pedimos días libres y hay quienes ni siquiera llegan a cobrar. Yo creo que en cuando se acomoden nos van a empezar a sacar de aquí para que vuelva su gente».