«Hay pocas cosas que recordar de 2005». La frase pronunciada el sábado por Guti resume a la perfección el año horrible que ha vivido un Madrid que está enfermo. Nadie sabe de forma exacta cuáles son los males que arrastra, pero los tiempos de gloria son sólo un recuerdo del pasado. Se cumplen dos años y medio sin levantar ningún título y parece que esta temporada tampoco va llegar. Eso, a pesar de que Florentino Pérez se esforzó en dejar atrás esta época de barbecho como él mejor sabe; a golpe de talonario.
Fichó a jóvenes jugadores, como Sergio Ramos, Robinho o Baptista, para una plantilla que andaba escasa de ellos. También reclutó miembros de esa llamada clase media que tanto hacían falta: Pablo García y Diogo. Desde el principio, sin embargo, en aquella multigira por Asia, surgieron los problemas; se vio que el equipo no carburaba. Y es que los entrenamientos escasearon por la vorágine de ruedas de prensa y actos comerciales. Aunque hicieron 'otra' pretemporada en Austria, la preparación física quedó en un segundo plano. Un apartado que tampoco era del gusto del cesado Luxemburgo, que no cumplió su promesa de hacer sudar en doble sesión a sus jugadores.
Estos malos presagios se evidenciaron en el arranque liguero. Comenzó bien en Cádiz, en la primera y casi última exhibición de Robinho, fichado para redondear un desembolso de 82 millones de euros. Esa primera victoria, no obstante, se quedó sin refrendo en las siguientes jornadas. En la segunda, el Celta profanó el Bernabéu. A los tres días el Lyon agrió el estreno en la Champions. Acto seguido, el Espanyol le hundió en Montjuic. Muchos ya se temían una espantada similar a la protagonizada por Camacho la pasada campaña.
No ocurrió. El técnico, apuesta de Pérez, se mantuvo. Y el Madrid remontó el vuelo. Enlazó seis victorias. Los resultados ejercieron su poder a pesar de que el juego no era bueno y las pitadas eran habituales en el estadio de la Castellana. Hasta que la afición explotó con el segundo duelo perdido en casa ante el Valencia y la habitual derrota de Riazor.
Para entonces, el Barça ya había emprendido su camino hacia el título. Todos presuponían que el Madrid estaba a años luz. La teoría quedó clara en la visita de Ronaldinho, Eto'o y compañía al Bernabéu. Un clarificador tres a cero, con la lesión de Raúl incluida en la mayor plaga de problemas físicos que sufre el Madrid desde 1999, puso de manifiesto que este cuadro debe mirar hacia otra competición para seguir labrando su palmarés.
Florentino y su directiva sólo aguantaron quince días más para echar a un Luxemburgo que se resistió a dar una oportunidad a canteranos como Soldado o Mejía. Su adiós fue, circunstancias de la vida, después de una victoria; un escaso uno a cero ante el Getafe que enrabietó al Bernabéu. Ya desde mucho tiempo antes se había hablado de recambios: Capello, Ancelotti, Wegner... Pero la cúpula deseó otro Del Bosque -que estuvo en la lista- y se decantó por López Caro, un sevillano con cinco años en las categorías inferiores.
Volvieron los entrenamientos serios, la exigencia física, y la alegría gracias a las jornadas de convivencia -el llamado aperitivo de los viernes-, pero no regresaron las victorias. Sí, debutó con una en Málaga aunque el Bernabéu se le resiste; un empate y la derrota con la que despidió el año ante el Racing en el cuarto partido perdido en casa, un récord negativo.
Mañana, después de la llegada de Floro a la dirección fútbol con su meta de españolizar el Madrid -aunque acaban de presentar al quinto brasileño Cicinho- encaran otra competición, la tercera, quizá una carga excesiva para una plantilla un tanto veterana en la que, por ejemplo, Zidane ya nota ciertos achaques. Pero, también es verdad que los blancos puedan ver en una Copa que llevan sin ganar 13 años la salvación para otro año que se encamina hacia la denominación de horrible.