
Sorginetxe y Aizkomendi
La Llanada alavesa oriental atesora dos dólmenes preciosos. El de Sorginetxe está en Arrizala, cerca de Salvatierra. Este sepulcro se muestra ‘desnudo’, sin túmulo, y su nombre -’casa de brujas’- refleja las tradiciones populares que rodean estos monumentos. En este caso se contaba que las brujas lo habían construido transportando las piedras con los husos de sus ruecas. En realidad Sorginetxe no es una casa, sino una cámara sepulcral de 2,5 metros de altura formada por seis grandes piedras calizas blancas. Su silueta evocadora lo ha convertido en uno de los monumentos prehistóricos más atractivos para los turistas.
A pocos kilómetros, en Egilaz, se conserva el dolmen de Aizkomendi, el más grande de Euskadi. Está construido con diez losas que forman un recinto de unos 3 metros de largo, 1 de ancho y 3 de altura. Pero si el dolmen en sí es grande, el túmulo que lo cubría es gigantesco: 60 metros de diámetro y unos 4 de altura. Ahora se muestra abierto, como un queso al que un gigante hubiera quitado una gran porción. En realidad el corte se hizo en 1965 para que toda la estructura fuera visible desde la carretera.
Su construcción fue atribuida a brujas y celtas, salen en los tebeos de Astérix y en los novelones románticos y, para desconcierto de los arqueólogos, hay quien los ve como ‘lugares de poder’, nodos de inaprensibles energías telúricas. No cabe duda, los dólmenes son atractivos y Álava posee una notable colección de estas construcciones funerarias prehistóricas formada por alrededor de 70 ejemplares. Nunca está de más aclarar que los dólmenes no tienen nada que ver con los druidas o los marcianos.
En realidad se trata de construcciones fabricadas con grandes lajas de piedra entre el IV y el III milenio antes de nuestra era, levantadas por ‘Homo sapiens’ tan feos o tan guapos como nosotros, prehistóricos que todavía tallaban piedras pero que ya hacían cerámica y practicaban la agricultura y la ganadería. Los dólmenes eran sus enterramientos colectivos y solían estar cubiertos por un montículo de piedras y tierra llamado túmulo.
Una de las series de dólmenes más notable del territorio se encuentra en la Rioja alavesa. El más llamativo es la Chabola de la Hechicera, en Elvillar. Fue descubierto en 1935 y ha sido objeto de varias excavaciones y una restauración, en 1974, en la que curiosamente intervino una cuadrilla de canteros gallegos. Es un sepulcro de corredor, lo que significa que está formado por la cámara funeraria construida con nueve losas y un pasillo de acceso formado por cinco. Se conserva la cubierta de la cámara, lo que le da ese perfil tan característico de ‘dolmen romántico’. En invierno, en la niebla o con el paisaje nevado, su aspecto es sobrecogedor.
En los alrededores de Laguardia hay varios ejemplares, de los que destacaremos dos, El Sotillo y San Martín. El primero fue descubierto en 1955 y excavado en 1963. Es un dolmen de corredor cuyas cubiertas se han perdido. La cámara es un espacio semicircular de unos 3 metros de diámetro, formado por nueve grandes piedras de arenisca. Se conserva el túmulo, aunque es muy pequeño en relación al tamaño del monumento.
Muy cerca, apenas a dos kilómetros y entre las viñas, está el dolmen de San Martín, otro sepulcro de corredor con una cámara de diez losas. El pasillo mide unos 4 metros de largo por 1 de ancho y está formado por cinco grandes piedras. Sobre dos de ellas descansa la única pieza de la cubierta que conserva el monumento, que fue utilizado como cantera para levantar una chabola.