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El río ha excavado la roca hasta crear un cañón que protege una flora excepcional e invita al senderismo
26.10.11 -
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Hoz de Rudrón (Burgos). El desfiladero amable
El Espacio Natural de las Hoces del Alto Ebro y río Rudrón ocupa 46.000 hectáreas en el norte de Burgos. Allí se encuentra el páramo de La Lora, famoso por su campo petrolífero, y allí se oculta en un confín casi inaccesible la colosal entalladura del río Rudrón. Conocida como Las Hoces, este cañón es una maravilla natural que guarda un bosque cerrado y salvaje, que a su vez sirve de refugio a una amplia representación de la fauna silvestre de Castilla La Vieja. El Rudrón nace como río Hurón en el valle del Tozo (‘tozo’ es una palabra celta que significa roble), atraviesa Basconcillos y se hunde en el páramo de La Lora.
El cauce reaparece en la Cueva del Moro, en Barrio Panizares, y se encañona a dos kilómetros de Hoyos del Tozo. Iniciamos el paseo en esta localidad (allí termina la carretera), que se protege del viento del páramo bajo un farallón calizo, vertical, trufado de cavidades donde anidan águilas y buitres. Nos recibe la iglesia de la Santa Cruz, románica y edificada bajo la protección de la peña. El caminante abandona Hoyos por la Calle Real, deja atrás el bar La Casilla, el potro de herrar y la fragua, y tropieza con la fuente. Una fila de chopos marca el curso del río, remansado y con las orillas ocultas por la junquera.
El camino, ancho y polvoriento, llanea bajo los cantiles de la Peña Churacada. Sorprenden los nogales, de buen porte, a punto de perder las hojas que vemos durante el camino. Entramos en una zona de quejigos y nos acercamos al río, que queda a la derecha. Los chopos y álamos conservan el follaje mientras libélulas, moscardones y mosquitos revolotean en el tibio aire de otoño. El acantilado se ha aproximado al río. El camino carretil se interrumpe de manera abrupta en una presa (reventada) y una cascada (0h.35’/2,1 km). Estamos en la entrada del cañón.
La vegetación se vuelve selvática y se oye el fragor del río. Hay dos senderos, pero seguimos el que baja (derecha) entre arces (fáciles de reconocer por sus hojas rojas, reconocibles porque aparecen en la bandera de Canadá), robles, espinos, rosales, olmos, endrinos... El camino es de grava y resbala. Con atención descendemos hasta las ruinas de un molino. El bosque se cierra, pero afortunadamente no hay zarzas ni ortigas. Pasamos junto a una central eléctrica, también arruinada e invadida por las enredaderas.
El sendero, a veces invisible, pero siempre bien pisado, serpentea entre robles y árboles de rivera. Los alisos y los mostajos apuntan al cambio de estación. Alguna mimbrera hunde sus raíces en el Rudrón, que pierde brío y se remansa. Salvo por el ruido del agua y el trino de los pájaros (pocos) el silencio es absoluto. El camino se pega a la margen izquierda del río y nos lleva hasta La Fuentona (1h.30’, 3,6 kms.). Es una surgencia natural que filtra el páramo y borbotea un agua fría, pura y potable en el Rudrón.
Hora de regresar
Una maroma colocada a la izquierda del sendero nos ayuda a trepar, pero tranquilos, porque es un ejercicio sencillo, sin más riesgos que los que proporcione nuestra imprudencia. Ahora caminamos a media ladera. El curso del río queda a nuestros pies. El paseo es mágico. Huele a otoño. La única luz es la que se filtra entre las copas de los árboles. El Rudrón sigue su curso y nosotros, de nuevo en la orilla, lo acompañamos. Tal como se cerró, la hoz se amplia. Llegamos a una nueva presa (rota) y poco después, siempre entre árboles: chopos, alisos, tilos, robles, mimbres... el sendero se vuelve camino (2h.10’, 5,6 kms.).
Se puede continuar hacia el Vado del Rudrón y subir a Moradillo del Castillo (3h.00’, 8,8 km). Es un paliza innecesaria. Hemos descendido casi 100 metros de desnivel. Mejor reservar fuerzas para la vuelta (4h.30’, 11,2 kms).
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