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El fresquito se convierte en un placer al recorrer el impresionante conjunto monumental de la ciudad
27.11.09 -

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Visita a Burgos. Tesoros a la vista
Si, visitando las entrañas del Castillo de Burgos, percibe usted un guiño brillante, un fugaz destello apenas perceptible entre la oscuridad de las galerías subterráneas, lo ha encontrado. El tesoro del general Centeno. Durante décadas, Leopoldo Centeno vivió obsesionado con encontrar las riquezas que, según su teoría, las tropas francesas habrían dejado bajo la fortaleza. Si fue así, no se lo pusieron fácil al que quisiera buscarlo, porque hicieron saltar por los aires aquellas piedras casi milenarias antes de abandonar la ciudad en 1813.
No se sabe si guarda oro, plata y perlas, pero sí que el subsuelo del Castillo contiene metros y metros de pasillos, un pozo interminable y una cueva llamada del moro. De modo que el cerro de San Miguel, a cuyos pies se ha extendido la ciudad desde el siglo IX, contiene también muchos de sus secretos. Seguro que Centeno cavilaba sobre dónde podría esconderse el dichoso botín mientras contemplaba la ciudad desde esta atalaya. El Mirador, a escasos metros de los muros, proporciona las mejores postales, las mejores vistas sobre los chapiteles –así se llaman las agujas de la Catedral– y, para los burgaleses, la oportunidad de jugar al original ‘a ver si encuentro mi casa’.
El general encontraría ahora muchos cambios en esta perspectiva privilegiada. Probablemente, el que más le llamaría la atención es la desaparición del cuartel de Caballería. En su lugar se levanta el complejo de la Evolución Humana, donde estarán expuestos al público los tesoros –qué casualidad– encontrados en el corazón de otros montes, en la Sierra de Atapuerca. Un paseo desde este privilegiado balcón hasta la orilla del Arlanzón permite al visitante hacer un auténtico recorrido en el tiempo, desde el asentamiento medieval, pasando por la antigua judería, atravesando las calles que pisó Felipe el Hermoso antes de que su esposa Juana le llorara por media Castilla, hasta el Burgos que durante gran parte del siglo XX arrastró el sambenito de haber sido escogida ‘capital de la Cruzada’.
Pero esta ciudad no está exenta de sorpresas y según uno baja los primeros tramos de escaleras, se encuentra, en pleno barrio de San Esteban –auténtico casco viejo– con un edificio contemporáneo que surge ante nosotros sin que antes hayamos reparado en su presencia, porque está totalmente adaptado al desnivel de la zona. El Centro de Arte Caja de Burgos, el CAB, es una auténtica apuesta por las expresiones artísticas del siglo XXI y suele acoger interesantes exposiciones temporales, además de sus fondos permanentes.
Con la nariz roja
Si el viajero deja atrás los vestigios de muralla y las antiguas puertas de entrada a la ciudad –San Esteban, San Martín–, llegará a la zona donde se sitúan los principales monumentos, las calles más comerciales y los acogedores locales que, en lo más crudo del manido invierno burgalés, ven entrar a sus clientes con las narices rojas y las gafas empañadas. Merece la pena continuar el paseo recorriendo la calle Fernán González en sentido contrario a los peregrinos, echando un ojo al Palacio de Castilfalé –actual archivo municipal–, la iglesia de San Nicolás de Bari (su retablo es una auténtica joya del Barroco), la puerta de Coronería de la Catedral y el recién abierto albergue de peregrinos, un cómodo y moderno edificio que convive pacíficamente con la portada renacentista de la antigua Casa del Cubo.
La aledaña Plaza de los Castaños, las Llanas de Afuera y Adentro y la Plaza Huerto del Rey (o la Flora, como se la conoce popularmente) conforman un pacífico conjunto de día y un hervidero de jóvenes por la noche. Al lado, las calles Laín Calvo y La Paloma, una auténtica arteria del centro histórico de Burgos que permite al visitante llegar, cómo no, a la Catedral de Santa María. Impresionante por fuera y llena de detalles en su interior, merece la pena adentrarse en sus secretos, observar el lujo de algunas de sus capillas, admirar especialmente la de Los Condestables y la escalera dorada obra de Diego de Siloé y poner cara de pasmados ante el Papamoscas. Merecieron la pena los cinco siglos que duraron las obras, desde que el obispo Don Mauricio y el rey Fernando III el Santo decidieran que el anterior templo románico se había quedado pequeño, como pudieron comprobar en la boda del monarca con Beatriz de Suabia.
El itinerario de nuestro general Centeno habría continuado hacia las calles Barrantes, Aparicio y Ruiz y el actual paseo de la Audiencia, que se convirtieron en un hervidero de gente en los primeros años de la posguerra. El viajero puede continuar desde allí hasta el clásico Paseo del Espolón. Desde el Arco de Santa María hasta la Plaza del Cid (sí, la de la estatua con el Campeador apuntando a Valencia) hay dos hileras de plátanos entrelazados que hacen las veces de celosía y proporcionan unas fotografías de lo más agradecidas.
Del singular Paseo a la plaza de la Libertad hay un paso. Allí está la Casa del Cordón –llamada así por el cordón que adorna una de sus puertas–, un histórico edificio que en su día fue propiedad de los Condestables de Castilla y que hace unos años rehabilitó una entidad de ahorro para ubicar su sede central. El viajero aún puede acercarse, por la calle de La Puebla, a la iglesia de San Lesmes, patrón de la ciudad, y el contiguo Monasterio de San Juan, vestigio del apogeo que alcanzó hace siglos la ruta jacobea en esta ciudad.

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