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Embarcamos para descubrir las aves que llegan al estuario del río Asón huyendo del frío
03.02.12 -
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Paseos en barco (Santoña). Invierno de la marisma
Santoña reposa en invierno. Entregada a un plácido letargo, se refugia en sí misma cuando el sol abandona sus costas. El frío desnuda las calles, envueltas en un sigilo que revela el alma de la villa. Y, de nuevo, las imágenes del pasado trazan siluetas en el horizonte. Los barcos pesqueros se esparcen mansos, describiendo un compás impecable. Estrellas en el firmamento marino protegidas por un cañón del siglo XVIII, que preserva la quietud de un paisaje bautizado esporádicamente por un sol generoso.
Sin embargo, en las entrañas del estuario se esconde un mundo secreto. Miles de visitantes llegados del norte de Europa toman el estuario del Asón para evitar las acometidas del gélido invierno. Se trata de más de 50 especies de aves, que suman una población de veinte mil inquilinos si se censan las marismas de Santoña, Victoria y Joyel. Un universo en continua agitación desafiando la apacible quietud.
Desde el puerto deportivo parte una embarcación que se dirige hacia el embarcadero de Colindres. Un colimbo, estandarte del estuario, se presenta como anfitrión en tierra de aves, mientras el alca común aprovecha para exhibir su peculiaridad, recordando que es el ejemplar que más se asemeja a los pingüinos en el hemisferio boreal. Halos misteriosos brillan en las infinitas montañas al paso por la playa de El Regatón, donde una bandada de silbones reposa en el angosto arenal. Su descanso es interrumpido por el galope de un caballo. Animal gregario, el grupo huye cuando se difunde el miedo colectivo. Sólo una gaviota reidora, extraña entre iguales, mantiene el tipo. Rebelde, desprecia impasible el aliento del jinete.
Refinados eucaliptos posan solemnes tributando a la marisma su hechizante perfume. Y, en el cielo, el águila pescadora surge victoriosa recreándose en sus exuberantes cabriolas. El estuario tiembla con sus incursiones. Se paraliza ante el gañido penetrante del exclusivo halcón peregrino. La calma retorna cuando el águila desaparece. Falsa alarma. Es un vuelo de reconocimiento.
Cambio de traje
Los instantes de bajamar son idóneos para los festivales avícolas. Los banquetes se deprecian dada la débil lámina que ampara a los peces. Escudo transparente, agota cualquier tregua con el mundo marino. Tampoco las aves están exentas de peligros repentinos. Mientras en verano se enfundan plumajes nupciales para garantizar el éxito de sus coquetos galanteos, con baile incluido en algún caso, en invierno resultan menos festivos, y las plumas se oscurecen. El vestuario es discreto para asegurar la supervivencia. En especial, las hembras, protectoras celosas de sus pequeños vástagos. Para las garcetas, en cambio, la invisibilidad no es un don heredado. Su brillo cegador deslumbra entre las rocas de un robusto dique. Bello diamante, el anonimato no cabe en su esplendor.
Plumas para edredones
Un cormorán negro sacude el agua que inunda sus alas, cuando la embarcación inicia el viraje para adentrarse en la antigua isla de Montehano. Nadie discute la supremacía del gavión, la gaviota más grande de Europa, que degusta plácido un manjar, conocedor de que su autoridad no es cuestionable. Las ostras portuguesas también se han apoderado de un espacio creciente, exentas, por su extinto valor comercial, del diálogo mudo que, ya en las proximidades de Montehano, los mariscadores mantienen con el terreno.
La siberiana barnacla carinegra y el eider común, cuyas plumas son codiciadas para la confección de edredones, ofrecen las últimas escenas de la ruta. La espontánea irrupción de un cormorán grande insinuando una íntima caricia sobre el agua que planea sella la danza cautivadora que envuelve la marisma en sus fascinantes inviernos.
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