
Del desayuno a las copas
Si queremos empezar el día con un buen desayuno, el viejo Café Iruña (Plaza del Castillo) es un lugar ideal. Espacioso, con suelo de mármol y aire novecentista, podremos degustar de la primera comida del día en el mismo salón y mesas en donde Hemingway despachaba a pares los brebajes alcohólicos en sus visitas sanfermineras.
Una tradición asentada en Pamplona es el aperitivo del mediodía, es decir, el vermú. Sin salir del casco viejo, un local histórico es El Roch ( c/ Comedias) fundado en 1898. Su especialidad, los fritos de pimiento, gamba y roquefort. En la misma calle se encuentra El Burgalés, magníficas sus ‘gildas’ de anchoa y boquerón con cebollita picada y guindilla verde. Para comer, Pamplona tiene restaurantes de alto copete como Rodero (c/ Arrieta), El Europa (c/ Espoz y Mina), Josetxo (Plaza Príncipe de Viana) y La Alhambra (c/ Bergamín). Para presupuestos más encogidos, resulta magnífico el Katachú (c/ Lindachiquia) con menús que no superan los 20 euros y una carta amplia con platos muy elaborados a buen precio. Lo mismo ocurre con Vuesa Merced (c/ Merced). Nadie se puede perder la marcha nocturna de Pamplona. Se puede empezar tomando unas cañas de vaso pequeño en La Aldapa (c/ Navarrería). Después se puede ir al Bistrot (c/ Navarrería, 20). De visita obligada son el mítico Bodegas Riojanas y el moderno Nicolette, los dos en la calle Tejería. Ambiente, copas y buena música.
Una buena alternativa par dormir es Casa Otano, en la calle San Nicolás, una pensión que es todo menos cochambrosa, en pleno casco viejo. En la misma calle, el hotel Castillo de Javier, abierto recientemente. Cerquita de la plaza de toros, el tradicional Hotel Leyre, de precio medio. En el centro también, el Hotel Yoldi. Para pasar un finde de lujo, son referencia el cinco estrellas La Perla, en la plaza del Castillo, y el hotel Palacio de Guenduláin, en la calle Zapatería.
«La gente está respondiendo muy bien, los chavales disfrutan y les sirve para conocer mejor el teatro y saber si en un futuro les apetecerá dedicarse a esto», asegura Ortiz de Zárate. Tras participar en los talleres, podréis demostrar vuestros conocimientos ‘in situ’, asistiendo a las representaciones de ‘Edurnezuri’ o ‘Miren Ponpiss’ que de forma alternativa se desarrollan los fines de semana en la recién restaurada sala Ortuño del centro cultural Montehermoso y en la escuela de música Luis Aramburu.
«Por la tele parece más grande» debe de ser la frase más repetida por los turistas que se asoman por primera vez a la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona. Hasta los visitantes provenientes de los países más remotos llegan con una imagen mental de este espacio formada por las emisiones de los encierros de San Fermín en televisión. Todo cambia cuando se camina por la plaza un día cualquiera del resto del año, cuando Pamplona se muestra como una ciudad apacible y esta famosa plaza es un agradable rincón del casco viejo. O mejor de ‘lo viejo’, como acostumbran a llamarlo los locales. Pamplona es una ciudad ideal para el paseante, para el visitante sin prisas con ganas de caminar lento. Cualquier visita a la ciudad, sobre todo si se emprende por primera vez, tiene que empezar obligatoriamente por la Plaza del Castillo, que debe su nombre a la fortificación que se alzaba en este espacio en el siglo XIV y que servía para proteger a los pamploneses de los propios pamploneses: entonces la ciudad no era tal, sino tres burgos colindantes y enfrentados con demasiada frecuencia. Hoy esta plaza es el principal punto de encuentro de los pamploneses. En el número 1 se encuentra el famoso Gran Hotel La Perla, uno de los más antiguos de España y entre cuyos huéspedes ilustres se contaron Pablo Sarasate, Charles Chaplin, Orson Welles y el inevitable Ernest Hemingway. Siguiendo sus pasos es de visita obligada el Café Iruña, en el número 44 de la misma plaza, del que fue asiduo el escritor. Fundado en 1888, el Café Iruña fue el primer establecimiento de la ciudad con luz eléctrica.
A contracorriente
Para adentrarse por el casco viejo se puede salir directamente a la calle Estafeta y bajar por ella hacia Mercaderes. Eso si se quiere recorrer a la inversa el trazado de los encierros. Aquí hasta en la mañana más fría de invierno el paseante podrá encontrarse con algún turista japonés fotografiando las señales que indican el recorrido de los mozos y los astados o incluso los huecos -cubiertos el resto del año- que se utilizan para instalar el vallado.
Es más interesante dejarse llevar sin rumbo por la zona. Así el visitante puede encontrarse por sorpresa y a la vuelta de dos esquinas con el Aquavox, en la calle San Agustín, un sorprendente balneario urbano y complejo deportivo con dos piscinas cubiertas. Si no ha traído el traje de baño el paseante puede acercarse al palacio arzobispal y desde allí acceder a la Ronda del Obispo Barbazán para tener una primer impresión de las fortificaciones de la ciudad. Pamplona siempre fue una plaza bien protegida y puede presumir de poseer unas murallas excepcionales, la mayor parte erigidas a partir del siglo XVI sobre patrones renacentistas. Siguiendo la ronda y pasando frente al claustro y el ábside de la catedral, se llega al Bastión de Redín, en el punto más alto de las murallas. Desde aquí se pueden contemplar las defensas con sus fosos, ahora convertidos en jardines, el Portal de Francia -abierto en 1553, el más antiguo de la ciudad-, el curso del Arga y, al otro lado, los barrios de Rochapea -a la izquierda- y Chantrea -a la derecha-. Por la Calle de Redín, que parece sacada de un novelón romántico, se llega a la plaza de San José, uno de cuyos lados está cerrado por la fachada norte de la catedral.
A la ciudadela
La fachada principal de la mayor iglesia de la ciudad es una obra neoclásica monumental de Ventura Rodríguez, ahora en restauración, detrás de la cual se esconde una joya gótica. El precioso claustro, del que Victor Hugo escribió que era uno de los más hermosos que había visto en su vida, se levantó entre 1290 y 1350.
Se puede seguir callejeando por lo viejo hasta la plaza del Ayuntamiento y. Desde allí, tras comprobar que efectivamente «en la tele parece más grande» y admirar la fachada barroca de la casa consistorial, se puede bajar por Santo Domingo hasta el Museo de Navarra, abierto en el antiguo Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, o acercarse a la iglesia de San Cernin, imponente templo fortificado construido a partir del siglo XII. El paseante puede continuar deambulando hasta salir de lo viejo para acercarse al Baluarte, el modernísimo Palacio de Congresos y Auditorio de Navarra, uno de cuyos lados da a la Ciudadela.
El castillo nuevo o la Ciudadela es una fortificación de planta pentagonal construida entre los siglos XVI y XVIII. Conservada en su mayor parte -algunas defensas fueron derruidas para construir el Ensanche de la ciudad y ampliar la avenida del Ejército- la fortaleza y el cinturón verde de fosos que la rodea componen el mayor parque de la ciudad. En el interior, los antiguos edificios militares, como el Polvorín, la Sala de armas o el Horno, se han convertido en espacios expositivos y acogen actividades artísticas. Desde aquí se puede volver al punto de partida por el paseo Paseo de Sarasate.