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Guía para descubrir el conjunto monumental de la Edad Media más escondido de Álava
23.07.10 -
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Visitas guiadas a Quejana (Álava). El hogar del señor de Ayala
Fue poeta, cronista de cuatro reyes, diplomático, guerrero y consejero real. También un precursor del Renacimiento. Cualidades que convirtieron al alavés don Pedro López de Ayala en uno de los más brillantes personajes de la Edad Media y, por ende su hogar, Quejana, en un poderoso enclave. Construidos por su padre, Fernán Pérez de Ayala, el palacio fortificado y el convento de las dominicas son parte del conjunto monumental de esa época más importante de Álava, que completan la iglesia de San Juan y la capilla torreón de la Virgen del Cabello.
Ubicado entre verdes colinas y declarado en 2002 Bien Cultural Calificado por el Gobierno vasco, siete siglos más tarde te permite asomarte y captar un esbozo de lo que fue la vida de este gran hombre, de su familia, de sus vastos conocimientos y su pensamiento. Lo primero que te da la bienvenida es la paz que se respira desde su mirador, con una extensa vista de la naturaleza que rodea estos añejos edificios repletos de historia.
La siguiente parada será la capilla, donde se halla la tumba de alabastro del canciller y de su mujer, Leonor de Guzmán, la única en todo el País Vasco, puesto que entonces lo habitual era utilizar la piedra. Edificada en 1394 con el objetivo explícito de servir como panteón en lugar de culto, un año después encargaría los sepulcros a un taller toledano. El resultado, perfecto. Los guantes, la empuñadura de la espada o la finura de los pliegues de los ropajes de ambas figuras lo confirman.
Sin embargo, a juicio del guía, el capellán y responsable de la iglesia del monasterio, Hipólito Vicente, conviene no perder detalle de los laterales de la base. «Suponen un anuncio del Renacimiento, un avance grande respecto a lo que había aquí; las figuras tienen una fuerza expresiva y la temática, muy variada, representa virtudes, pecados y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento». Nada se deja al azar y predomina el simbolismo. Así se percibe en el rostro del matrimonio cuya placidez y brillo da a entender que han entrado «en la luz de Dios».
La Iglesia de San Juan
En la misma estancia se halla un retablo gótico del siglo XIV, copia del original –encargado a la escuela navarra-, que se encuentra en el instituto de Artes de Chicago. «Quería que transmitiera enseñanzas religiosas», desvela el párroco, por lo que recorre la vida de Jesús con detalles curiosos. Por ejemplo, en la imagen de La Anunciación aparece la figura de Dios Padre, «cuando no es lo habitual», o en la adoración de los Reyes Magos, el monarca negro no lo es tal. El canciller ordenó además que se incluyeran efigies de miembros de su familia y con San Blas aparecen él mismo y su hijo mayor, con Santo Tomás figura su esposa, mientras que su nuera y sus nietos están junto a la cruz.
Enfrente de esta estancia se encuentra la iglesia de San Juan, inicialmente una pequeña capilla anterior a la construcción de la torre pero en el siglo XIV la empiezan a modificar para unirla con el convento, ya habitado. Allí se ubican los sepulcros del primogénito, Fernán Pérez de Ayala, y su mujer, María Sarmiento, tallados en piedra. En el frontal, el retablo mayor, de 1694, hace gala del arte barroco, aunque la vidriera central aligera el efecto. En los laterales, imágenes como la Virgen del Rosario, de Salvador Carmona, que nunca ha necesitado restaurarse.
El salón de la torre, encima de la capilla, te traslada a la época medieval con sus pequeñas ventanas, su puerta reforzada de hierro y sus muros de casi dos metros de anchura. Pura seguridad. La ilusión continúa con la visita a las almenas desde donde se abarca lo que en su día fueron las extensas posesiones del canciller. De vuelta a ras de suelo, el museo de arte sacro, albergado en lo que fue el palacio fortificado, te acerca a la historia del monasterio, a la genealogía de tan poderosa familia y a sus objetos característicos como espadas, cantorales o utensilios de trabajo de las dominicas.
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