Tras la pista de los bichos
¿Y dónde están los animales?, preguntarán los curiosos, que se habrán tenido que conformar y con suerte, de los brincos de alguna ardilla. Que no se preocupen. La fauna goza de buena salud en esta comarca. Los ciervos, los corzos y los jabalíes son numerosos, pero no se dejan ver, asoman entre semana, cuando no hay visitantes. Otro tanto ocurre con los pequeños carnívoros, la marta, la garduña, la jineta, el tejón y el armiño, que son nocturnos. Las aves sí están bien representadas y no se ocultan. De manera especial los buitres y las rapaces como el cuervo y el grajo, el halcón, el gavilán o el azor, que surcan el cielo, se posan en los prados y cuelgan de los cables de la luz del santuario.
Las cumbres calizas de Anboto y Arangio sobresalen sobre el paisaje de Urkiola, cubierto por un extenso manto de vegetación que alcanza un extraordinario cromatismo en estas fechas. Desde el verde más oscuro de los pinos Douglas y los cipreses de Lawson al rojo brillante de los arces y serbales, los colores se mezclan en los bosques del parque, que se extiende por una superficie de 3.200 hectáreas. Más de la mitad (1.680 hectáreas) es arbolado autóctono: hayas, encinas, robles y abedules. La comarca está surcada por una bien señalizada red de caminos que invita al paseo, aunque algunas de las rutas son demasiado exigentes para familias con niños.
Un paseo clásico es el que parte del santuario de San Antonio, rodeado por un pequeño hayedo, limpio y sin pendiente y caminar (450 metros) por la calzada que lo atraviesa y termina en el crucero que mira al Duranguesado. Bello y fácil camino, de manera especial con niebla. La marcha larga más popular es la que lleva hasta Asuntze, en la base del Anboto, con paso optativo por Urkiolagirre, si bien se puede ir también por la pista.
Urkiolagirre es la cumbre redondeada y herbosa que se divisa desde el santuario. Es una ruta sencilla, de unas tres horas de duración y ocho kilómetros de recorrido, ideal para visitar la landa desnuda: veremos caballos y vacas y nos haremos una idea de las dimensiones del bosque, antes de beber el agua roja de la fuente de Pol-Pol. Abandonamos el área recreativa de Urkiola y encontraremos un poste indicador marca la dirección.
Hayas trasmochas
Dejando el aparcamiento a la izquierda, tomamos una pista de grava ascendente que deja atrás la barrera que cierra el paso a los vehículos motorizados. Pasamos por un bosquete de abedules casi deshojados. El abedul, con cuya corteza se hacía la aspirina, es el primer árbol en colonizar las zonas incendiadas. El sendero remonta la loma cubierta de brezo y hierba que ya amarillea. Yeguas, potros y vacas semisalvajes, ajenas a todo salvo a los tábanos, serán testigos de nuestro caminar. Sin forzar el paso, en media hora estamos en la cima.
Este trayecto es entretenido y espectacular por las panorámicas calizas del parque, donde destaca el cresterío del Alluitz, justo enfrente, y el tupido hayedo, que por el sur se extiende casi hasta Otxandio. Urkiolamendi nos espera con un buzón, un vértice geodésico y una mesa de orientación que nos informará de las cimas que se alzan ante nosotros.
Durante el trayecto de subida y en el barranco que cae hacia Untzillatx podemos ver algunas hayas trasmochas (con señales del hacha) centenarias. Su color es ahora cobrizo, a punto de perder la hoja. Son las sobrevivientes del carboneo abusivo, práctica que durante el siglo XIX arrasó los bosques caducifolios de Vizcaya.
Las aguas de Pol Pol
Bajamos por buen sendero hasta el collado de Asuntze, a los pies del Anboto, donde hubo una pequeña cantera y donde está la fuente de Pol Pol (nombre que recibe por el ruido que hace el manantial). De sus caños surge agua potable, pero quizá demasiado ferruginosa, que puede no gustar. Sombrean la fuente y una pequeña turbera los cipreses, oscuros y de hoja perenne. En el collado un poste con señales indicadoras, informa que por la derecha se va a Zabalandi y Atxondo. Por la izquierda el sendero, que también baja a Atxarte, permite subir en 20 minutos al collado de Larrano.
Allí se levanta la ermita de Santa Bárbara, protectora de los rayos y truenos. Aseguran que en las noches de plenilunio se organizaban animados akelarres alrededor del templo. Larrano es un bonito paraje situado en el centro del cresterío Alluitz-Anboto, donde vemos un refugio cerrado. Las ovejas pastan en el prado y las cabras triscan por el roquedo. La vista sobre el valle de Atxondo, bajo nuestros pies, es perfecta.
La vuelta al Santuario lo efectuaremos por la pista que bordea a media altura el Urkiolagirre por su ladera más soleada. Durante el trayecto, un cerrado y oscuro muro de cipreses, pinos y alerces, una conífera caducifolia, nos cerrará la vista hacia el sur. Y entraremos en el santuario por la vieja calzada (hay quien dice que romana) que recorrieron los peregrinos.