A salvo
Altube sobrevivió a la desamortización de los terrenos (que acabó en el siglo XIX con la mayor parte de los bosques vascos) ya que permanecieron en manos públicas. Eso justifica en parte la conservación de este inmenso arbolado, patrimonio de los siete pueblos de Urkabustaiz, de los once de Zuia y de Baranbio (Amurrio), que se reparten el aprovechamiento de leñas y pastos para el ganado. El territorio permanece ahora bajo el control del patronato del parque del Gorbea.
El coso más antiguo
La entrada a Altube y al Gorbea por la ermita de Garrastatxu (Baranbio) es una de las más desconocidas, aunque se calcula que son más de 2.000 los coches que se acercan a la zona en tiempo de setas, como la actual. En este punto se puede visitar la formidable iglesia del siglo XVII, donde hasta hace 50 años vivió una familia de ermitaños. El enigmático recinto de piedra resulta ser la plaza de toros más antigua del País Vasco. Piedras de molino, minas de plomo, carboneras, chabolas de pastores. Los atardeceres y las vistas son sublimes. La ruta por Katzabaso hasta Burbona dura unas dos horas, pero hay siete buzones para los montañeros al alcanzar los 1.500 metros de altura. Pero hay más rutas para ver otros secretos escondidos del bosque como las cascadas del Altube, un roble pedunculado de 4,25 metros de diámetro, la reserva integral del Barranco del Bortal, con manchas de madroñal, rebollar y robledales, los encinares cantáb ricos, el horno de alfarería de Otolarrin, cerca e Inoso, los puentes sobre el Altube. Las rutas recomendadas parten del aparcamiento del viejo puerto de Altube y ascienden hasta las trincheras del Astaiz (923 metros) y del Burbona (934), un paseo de dos horas de duración. Para llegar a la cascada partiremos del mismo parking, caminamos 300 metros carretera abajo y a mano izquierda localizaremos una pista. Se cruza el encinar y siguiendo el arroyo Oiardo encontraremos el salto de agua junto a una cabaña.
Desde la antigua casa forestal en ruinas de Gurdimendi, en medio del gran bosque de hayas, el caminante se estremece estos días al escuchar el bramido de los ciervos en plena berrea. Si se mira hacia los barrancos que bajan desde el Burbona, ese instante fugaz es inolvidable. Enseguida empezará otro momento mágico del año, ese ambiente crepuscular y melancólico que crean las hojas de los árboles al pasar de verdes a ocres, rojos y amarillos, en una paleta que ningún pintor es capaz de plasmar, antes de caer al suelo. En las ciudades ya lo disfrutamos; en el monte, en cambio, los ritmos son más lentos.
En Altube, en la muga entre Álava y Vizcaya, ese momento es único porque no hay una masa forestal autóctona tan grande en el País Vasco. Son casi 5.000 hectáreas de arbolado nativo, con una importante presencia del roble en sus diferentes especies, y en las laderas que ascienden hacia el Gorbea, de hayas.
Hablamos de un paisaje singular delimitado entre Baranbio (Álava), el puerto del Altube, las crestas de Inoso y Uzkiano, con el ferrocarril Bilbao-Miranda poniendo límite y los montes Burbona y Nafakorta. El río Altube separa las dos vertientes, que pertenecen a los municipios de Zuia y Urkabustaiz.
Desde la carretera
Este lugar, incluido en gran parte dentro del parque natural del Gorbea, está atraveado en toda su extensión por la autopista Bilbao-Zaragoza, la AP-68, construida entre 1974 y 1978. Aquí el ecologismo llegó tarde porque si había algo que valía la pena defender era esta masa verde y autóctona. Son 13.500 los vehículos que atraviesan cada día el bosque a 120 kilómetros por hora sobre viaductos de más de 70 metros sin apreciar la belleza, la historia, las leyendas y las decenas de puntos de interés que tiene. Sus conductores se lo pierden, aunque hubo épocas en las que no era un lugar recomendable.
Durante mucho tiempo fue un lugar peligroso y los caminos más antiguos atravesaban las cumbres, y no el valle, por el temor a cruzarse con bandas como la de ‘los Granizo’, antiguos carboneros reconvertidos en bandoleros que atemorizaron a quienes se atrevían a pasar por aquí a finales del XIX. Los miembros de la banda se escondían en una cueva de Andatoleta.
Pero no nos quedemos con los aspectos negativos de un bosque ocupado por el ser humano desde la antigüedad, como lo prueban los restos megalíticos (dólmenes y menhires y neolíticos) detectados en la comarca. Más tarde, la masa forestal de Altube abasteció durante siglos de madera a los astilleros de Santander y Santoña para los grandes navíos de la Armada y produjo carbón vegetal para las ferrerías del País Vasco. La minas de plomo y zinc también fueron importantes, hasta el punto que los ejércitos carlistas crearon una fábrica de municiones.
Memoria de la guerra
Hasta 1816 no se construyó el primer camino real, que iba de Murgia a Orozko. Siete caseríos, que aún se conservan, daban seguridad a los arrieros. Y sorprende encontrar todavía muros de piedra que sujetaban terrazas donde en períodos de presión demográfica y hambre se cultivaban patatas y trigo. La vegetación lo ha devorado todo y amenaza con enterrar los restos de presencia humana en lugares donde hubo hasta tres ermitas -Armua-Sautu, Santa Mariana y Santa Isabel-, en las que se pagaban el arrendamiento o la cesión de los pastos.
Durante la Guerra Civil, las alturas del bosque fueron frente de guerra y se registraron combates: al este se parapetaban los republicanos, mientras que los nacionales quedaban al oeste. Cuatro kilómetros de trincheras y búnkeres en perfectas condiciones como los de Mendizorrotz han quedado como silencioso testimonio.