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La aldea amurallada recuerda el mineral que le dio nombre y prosperidad
10.11.11 -
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Visitas al Museo de la sal (Leintz-Gatzaga. Álava). Todo por la sal
Leintz-Gatzaga nos abre sus puertas para conocer su historia, ligada a la tradición rural y a la sal. Durante siglos, la vida de este pequeño rincón a medio camino entre Vitoria y Mondragón ha estado marcada por la actividad salinera y, aunque en la actualidad las cosas ya no son lo que eran debido a la reducción del negocio, al retroceso de la agricultura y al auge de la industrialización en la comarca, el pueblo no cesa en su empeño por recuperar su patrimonio.
Un manantial subterráneo, cuya salinidad triplica a la del Cantábrico, es el cimiento de su pasado. Pero para entender el proceso se requieren algunas nociones básicas de geología. Las sales del cauce se originaron hace 220 millones de años, durante el Periodo Triásico. El mar poco profundo del norte peninsular y un clima especialmente árido favorecieron la evaporación de las aguas y la concentración de una elevada densidad de sal. Mucho tiempo después afloró el manantial en el valle del Deba, cuyos habitantes supieron aprovechar al máximo las riquezas del nuevo ‘oro blanco’.
Hasta la inundación
Rescoldo de esa historia es su Museo de la Sal, donde, gracias a las originales maquetas, a los paneles informativos y a las propias piezas de la industria de antaño, es posible que el visitante recree la forma de vida de aquellas gentes. Un resto de su actividad es la rueda de cangilones, mecanismo empleado para extraer el agua aprovechando la fuerza del río. Una vez recogido el líquido, se transportaba a las dorlas, recipientes de cobre ubicados en ocho dependencias, donde se extraía su contenido.
El ritual se trasmitió de padres a hijos hasta la gran inundación de 1843, que dio al traste con aquel sistema, para dar paso, con la llegada de la revolución industrial, de una nueva fábrica de producción de sal.
Pero Leintz-Gatzaga no es solo sal. Hay que acercarse al lugar para admirar la belleza del valle y su infinita sencillez: tres calles paralelas y un eje transversal conforman su casco urbano. El pueblo fue amurallado para prevenir los ataques exteriores, siendo siete las puertas de acceso al interior, de las que cinco se mantienen en pie.
Mansiones y palacios
Las casas apenas se diferencian unas de las otras, si bien la homogeneidad del conjunto se rompe cuando uno llega al centro de la aldea, desde donde podrá divisar la iglesia parroquial y la fuente de doce caños. Tallada en piedra, data de 1715 y es popularmente llamada ‘As de Copas’. El casco urbano es un espectáculo para la vista que se puede disfrutar desde la joya del lugar: el santuario de Dorleta, con su parque arbolado y su mirador.
De vuelta al pueblo, nada mejor que pasear… y observar. Toparemos con los blasones, escudos y portalones de sus casas, una pista que nos ayudará a conocer un poco mejor la villa. Descubriremos los palacios Garro y Soran; el primero, de estilo barroco y construido en el siglo XVII, es hoy Casa Cultura. El segundo se remataba originalmente con dos torres y fue alojamiento de los reyes en su tiempo, hasta que se trasladó a Navarra, piedra por piedra, erigiendo después el inmueble que hoy podemos contemplar.
Y es que de palacios va la cosa, porque pese a las dimensiones del pueblo, aún quedan otros tres que añadir a la lista. El de Elexalde, de estilo renacentista, y el de Ostatu, hoy rehabilitado como restaurante. Sin olvidarnos al más antiguo representante de la etapa señorial, la mansión Capintangoa.
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