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Un bosque lleno de vida aguarda al caminante a escasos kilómetros del centro de la ciudad
16.12.11 -
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Montes de Vitoria. Los habitantes de las tierras altas
Lo más sorprendente del entorno natural de Vitoria no es su biodiversidad, su riqueza o su hermosura, que las tiene en abundancia. No, lo más chocante es su proximidad, la posibilidad de recorrer 8,5 kilómetros a pie y estar en el corazón del bosque, en medio de un majestuoso hayedo, y tras ascender unos metros descubrir una panorámica completamente diferente de clima y vegetación mediterránea. Dos mundos se parados por un cordal.
Los pequeños detalles son los que nos pueden hacer comprender por qué una ciudad mediana sin mar, de interior, puede acumular tanto argumentos para alcanzar el top de las urbes sostenibles europeas. Esta ruta tiene todos los ingredientes que han servido para cocinar este gran plato de la green: el Anillo Verde, el mosaico de las tierras agrícolas y los Montes de Vitoria, el as de biodiversidad que la capital vasca guardaba en la manga. Son 9.000 hectáreas de bosques de una calidad ecológica excepcional y zonas de cultivo, salpicadas de pequeñas aldeas salvadas de la voracidad urbanística. En unos años serán declaradas parque natural, base para otro título más ambicioso, el de reserva de la biosfera al que Vitoria aspira con muchas posibilidades.
Camino del bosque
Olárizu es el punto de arranque de esta ruta. La antigua dehesa situada al sur de la ciudad a la que se accede en un cuarto de hora a pie desde el centro tiene ya de por sí muchos puntos de interés. Un jardín botánico de plantas europeas en pleno crecimiento, las campas donde se reúnen en septiembre los vitorianos para despedir el verano, un arroyo, la casona del siglo XVIII que ahora es sede del Centro de Estudios Ambientales y lugar de debates y exposiciones, entre otros atractivos. Pero si hay que escoger algo, me quedo con los viejos robles que han resistido el paso del tiempo y las costumbres y que no cayeron como sus hermanos los olmos por culpa de una plaga. Algunos son grandiosos.
Las aldeas de Mendiola y Monasterioguren aún conservan parte de su fisonomía más rural con grandes casas de labranza e iglesias con restos románicos destacados. Al segundo pueblo se accede por una ruta alternativa pero vale la pena andar un poco. El primer bosque que nos recibe, tras caminar desde Mendiola por una pista asfaltada durante un kilómetro, es un quejigal con espinos y avellanos que parece proteger el camino de tierra que se convierte en barro cuando llueve. La senda está marcada por rayas blancas y amarillas del PR A 20. Tras cruzar el arroyo de la Dehesa por una pasarela de madera buscamos una antigua pista de grava que se dirigía a una plataforma de prospección petrolífera.
Gigantescos pinos silvestres nos guían hasta el siguiente giro a la izquierda en el que nos volvemos a meter por un bosque mixto de quejigos y arces. Pero la sorpresa, aquí está en el suelo donde asoman restos empedrados de la antigua calzada medieval. Emociona pensar que este sendero se utilizó durante siglos para llevar mercancías desde la Rioja alavesa a Vitoria. A medida que subimos en altitud el bosque cambia. Los robles dan paso a las hayas y su mullido suelo de hojas donde también se adivinan las piedras del viejo sendero.
El úlitmo refugio del cangrejo
En la parte más alta, junto a descomunales árboles, el camino se encastra en un corredor de roca. Son los denominados callejones que en la base de sus laterales presentan muescas de frenados para los carros, que se utilizaban cuando el sendero se quedaba helado o con nieve. Por aquí pasaron durante varios siglos las carretas cargadas de piedra que venían de Ajarte -pueblo y cantera al otro lado del monte- con destino a la catedral vieja de Santa María.
Pero la Colada de Peña Betoño, nombre que se le ha dado al camino, guarda muchos más secretos. José Luis Pina, un fotógrafo amante de la naturaleza nos permite ver a través de sus ojos privilegiados aves como el aguililla calzada, el picomaderos o pito negro, un ave recién llegada que demuestra la calidad del ecosistema de este bosque. Como lo muestra también la gran presencia de otras rapaces como el milano real, los ratoneros, el halcón abejero, gavilanes, azores, alcotanes y otras aves interesantes por su excepcionalidad como el mosquitero musical, el papamoscas cerrojillo o el agateador. «Que tantas aves escojan Montes de Vitoria aves tan raras es muy buena señal», comenta Pina.
También el cangrejo autóctono, al que una epidemia dejó en la mínima expresión, tiene en las aguas cristalinas de sus arroyos un refugio seguro. Otra muestra del valor ecológico de estas tierras altas. Y toda esta masa boscosa que ha llegado casi intacta gracias a la labor de los vecinos de los pueblos en su explotación sostenible y de las instituciones como el Ayuntamiento y la Diputación que llevan años protegiendo los bosques alaveses esconde sorpresas como robles gigantes como el apodado ‘Terrible’, con 600 años de edad y más de 7 metros de perímetro.
Como veis, todos los secretos ocultos de la Green Capital europea en apenas una mañanera de 2.30 horas de duración (ida) y 240 metros de desnivel.
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