Bajo la lluvia incesante de Euskadi, tan presente en la memoria de Blas de Otero (1916-1979), comenzamos la ruta por el paisaje que inspiró al poeta vasco. «Lánguido valle de mi adolescencia, donde la luna derrama una luz compasiva sobre la muerte soñada de mis antepasados», dice en una de sus prosas. Esa descripción literaria corresponde a Orozko, el lugar que inspiró al escritor en su juventud, y el escenario de un recorrido por los recuerdos de este ilustre bilbaíno. Una aldea, poco más, a menos de 20 kilómetros de la ciudad, pero un mundo completamente diferente de sensaciones.
Se trata de un viaje en el tiempo, promovido por la Fundación Blas de Otero, para seguir su estela. A través de dos visitas guiadas por Orozko y Bilbao, descubrimos los lugares que vieron crecer, reír y llorar al poeta. Comenzamos el itinerario a los pies del Gorbea. Muy cerca de la villa vizcaína, a escasa media hora en coche, se encuentra el idílico municipio de la familia materna del escritor. El punto de partida es el puente y el Ayuntamiento de Orozko para dirigirse al frontón donde, como él mismo rememora en un poema, «tendí diariamente los músculos de muchacho».
Al adentrarnos en el frontón -muy cambiado desde entonces- es posible imaginarse al escritor de niño en un partido de pelota, una de sus mayores aficiones. De hecho, existe una foto en la que juega vestido de negro de luto por la muerte de su padre. Seguimos el cauce del río, donde se bañaba de crío, para ver los «chopos tintineantes» -sólo quedan unos pocos- dispuestos frente a la emblemática casa-palacio Ugarte. Ésta es la residencia de su abuela doña Pepita y su abuelo Francisco Muñoz Sagarmínaga. Impresiona ver su dimensión.
Entramos por el huerto laberíntico rodeado de árboles y manzanas rojas en el suelo. Allí Blas de Otero disfrutaba de la lectura mientras observaba la cima de Santa María. La visita nos conduce hacia el interior de la casona y nos encontramos de bruces con una librería que conserva una foto del poeta disfrazado de Charlot. Al lado, la biblioteca de su abuelo médico, con libros sin desempolvar.
Una greca en la pared
Atravesamos una puerta de madera de gran grosor para subir a la parte de arriba. Allí se encuentra la galería ubicada sobre el jardín, cerca del dormitorio donde el escritor reposaba sus pensamientos. Dejamos a un lado una bañera de granito, maletas de hace 50 años, una silla señorial de peluquería... para salir del refugio de juventud de Blas de Otero.
La siguiente marcha nos lleva a su ciudad natal: Bilbao. Quedamos en La Quinta Parroquia, cuyas procesiones de Semana Santa veía de niño el poeta desde la terraza de su casa. Nos situamos en la calle Egaña para contemplar un busto en homenaje a él y continuamos por la avenida Hurtado de Amézaga hacia abajo. En el número 29 (antes el 30), cuarto piso derecha, hay una placa que recuerda que fue ahí dónde se crío. Después se mudó al número 52, una casa construida por su padre.
Descendemos hacia el El Boulevard, que al fondo, cerca de los baños, tiene una greca en la pared con las últimas palabras de su poema ‘Parece que llueve’. Allí mismo tomamos un café. Éste está incluido en el precio de las rutas (10 euros), así como un librito con la descripción y los poemas representativos de cada lugar.