Una ciudad horadada
El calado de San Gregorio no es, ni mucho menos, el único de la ciudad, y la rehabilitación de viejos edificios ha posibilitado la recuperación de algunos de estos espacios vinícolas y subterráneos. La Casa de la Danza (Ruavieja 25) es un buen ejemplo. Los sótanos del Electra Rioja Gran Casino (Sagasta 10) también prestaron servicio a la industria del vino. La Reja Dorada (Ruavieja 19) fue la última bodega que crió caldos en el corazón de Logroño y hoy es un salón de banquetes. Conservan bellos calados las sedes del Colegio de Ingenieros Industriales (plaza de San Bartolomé 1), el Colegio de Arquitectos o la UNED (en el 40 y 34 de la calle Barriocepo, respectivamente).
Visita guiada a una bodega subterráneaLogroño
Dirección: Ruavieja, 29.
Visitas: De martes a viernes a las 13.00 y las 19.00 horas. Sábados a las 12.00, las 13.00, las 17.00 y las 18.00 horas. Domingos a las 12.00 y las 13.00 horas. Lunes cerrado.
Reservas: 941 273 353 y info@logroturismo.org
Reposa en el fondo, mansa, ajena al runrún de las visitas, como un buen vino viejo. ¿Cuántos vinateros habrán catado el agua del pozo? La oquedad, armada en piedra, aparece a los pies del visitante nada más penetrar en el calado de San Gregorio, recientemente restaurado y también conocido, por sus dimensiones, como calado largo. Su bóveda de sillería, los rudos muros y ese silencio absoluto han cobijado durante siglos el descanso de los vinos. Son testigos, por tanto, de la historia del Rioja.
El calado de San Gregorio está ubicado entre las calles Ruavieja y San Gregorio, en el corazón histórico de Logroño. Fue una de esas bodegas tradicionales que salpicaron la ciudad en el siglo XVI. Los estudiosos apuntan que pudo ser construido a cielo abierto y, más tarde, cubierto con una bóveda de cañón. Las viviendas se levantarían sobre sus muros. Lo cierto es que, como otros muchos, formó parte de un entramado urbano de infraestructuras vitivinícolas dispuestas a regalar el gaznate de aquellos logroñeses.
El vino marcaba el quehacer diario de los vecinos. Los calados, siempre construidos con orientación norte-sur, se contaban por decenas en la zona, aledaña al río Ebro. La proximidad al cauce y la profundidad de estos espacios proporcionaban unas condiciones ideales para la elaboración de los caldos. Tal fue la importancia de la actividad vinatera que ordenanzas dispares prohibieron la circulación de caballerías y carruajes por las calles empedradas del entorno para favorecer el sueño del vino.
Caños y respiraderos
No todos los calados contaban con lagares o prensas. La uva, en estos casos, era estrujada en lagos de la calle Ruavieja y el mosto de derivaba mediante caños para su fermentación. Las tuferas, unos respiraderos practicados en la fábrica de las bodegas, evacuaban el monóxido de carbono liberado en el proceso. Los logroñeses, conocedores de la industria vitivinícola local, frecuentaban jarrillo en ristre estas calles para proveer de vino sus despensas.
El calado de San Gregorio evoca ahora el vaivén urbano y vinatero que los años han atenuado hasta su desaparición. Las Bodegas Franco Españolas, localizadas en la ribera opuesta del Ebro, representan la evolución que conoció la industria vitivinícola en la segunda mitad del siglo XIX. El calado, en cualquier caso, supone una pieza capital en la historia del ‘Rioja’. Quizás es por ello que basta observar el agua mansa y cristalina del pozo para redescubrir aquellos vinateros, aquellos vinos primeros…