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Galdames no es sólo la Torre de Loizaga. Un recorrido que se desdobla en dos caminos muestra su pasado y un envidiable entorno natural
17.06.11 -
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Senderismo en las Encartaciones. Galdames y Sopuerta
El río Barbadun marcó el pulso de Galdames, cuyo corazón latía al compás de ruedas de molino giradas por el agua que primero sirvieron para amasar pan y después se utilizaron para dar forma al hierro. El monte y los bosques concedieron a sus habitantes la materia prima para la industria, el carbón vegetal que prendería un fuego alimentado por enormes fuelles. Por eso, para conocer el concejo, hay que dividirse en dos, caminar junto a la orilla y traspasar los robledos y encinares que abrigan sus montañas.
La doble ruta que proponemos arranca desde el Ventorro hacia las ferrerías hidráulicas (plano disponible en la página web www.galdames.org, ruta 4). Por el sendero, el visitante observará truchas y piscardos nadando a través de las corrientes, habitadas hasta los años 60 por las últimas nutrias de estos parajes. Tras acercarse a las antiguas empresas ferronas –la de El Pobal, t 629271516, se encuentra abierta la público en el barrio de mismo nombre, en la carretera Mukiz-Sopuerta–, la marcha sigue hacia el molino de Valdibian, aún en perfecto estado debido al empeño de sus dueños por mantener la tradición familiar.
En la calzada real
Pasada la antigua ferrería y molino de La Olla –de principios del siglo XVIII– donde impresiona ver como el canal ensancha entre tres o cuatro metros, llegará al puente de Olakua, parte de la antigua calzada real que unía Muskiz y Sopuerta. Habrán sido 35 minutos de marcha que han de retrocederse para regresar al punto de partida.
Una vez allí, la ruta enfila hacia el barrio de Jarrullada, situado en una zona natural repleta de mimosas, avellanos y eucaliptos, y ocupado por media docena de caseríos. Desde ese punto avanza hacia el hogar natal del escritor costumbrista Antonio Trueba, nacido en este rincón vizcaíno en 1819, narrador del ambiente popular, las fiestas y las leyendas, cuya estatua adorna los bilbaínos Jardines de Albia.
Ya en el barrio de Montellano, las vistas del concejo desde esta atalaya sorprenden al senderista, que debería fijarse en la casa de estilo trucense, propia de Enkarterri entre los siglos XVII y XIX, mezcla de caserío vasco y balconada cántabra. Unos metros más adelante aparece semiderruida la Casa de San Ginés, que albergó el poder ejecutivo de la República en la segunda carlistada.
Y un tramo después, las lagunas La Vinagre, en cuyas profundidades yacen vagonetas y utensilios mineros que jamás podrán ser rescatados, y La Pesquera, rodeada de rastros de antiguas excavaciones pertenecientes a las minas de Montellano y San Antonio, cierran el recorrido que acabará definitivamente de nuevo en el Ventorro, tras haber cubierto hora y media más de caminata.

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