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La pasarela actualmente se encuentra inaccesible y en proceso de restauración por los grandes daños que sufrió el pasado invierno debido al huracán Cinthia
11.06.10 -
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Holtzarte. Salto al vacío
Es una cuestión de fe o de inconsciencia, si no eres religioso. Si te detienes un segundo a pensar, no darás un paso, bloqueado por el pánico, por el miedo a lo desconocido, al rumor fragoroso que asciende desde el fondo del cañón. Hay un río allá, a 200 metros por debajo de tus pies, y sólo los cables y las tablas que conforman el frágil puente permiten cruzar al otro lado. Si te paras, estás avisado, seguramente no pasarás. Bienvenido a Holtzarte, el más espectacular y desconocido de los cañones del Pirineo cercano. Frente a la Foz de Lunbier, abierta en canal con sus túneles para el ferrocarril, Holtzarte es lo desconocido; si lo comparas con Arbayún, con sus nidos de buitres y su inaccesibilidad, Holtzarte invita a entrar, pero no lo hollarás; si en la cercana garganta de Kakueta caminas a orillas del río, en Holtzarte volarás. Con algo (o mucho) de miedo, pero volarás.
Pero mejor empezamos por el principio y para ello es conveniente situar el cañón. La garganta de Holtzarte se encuentra en la provincia vascofrancesa de Zuberoa, al norte de la selva de Irati, en el extremo oriental de Navarra: Otsagabia y Roncal son dos estupendas bases para emprender una excursión que merece la pena. Aunque tendrás que ser paciente antes de llegar al puente sobre el desfiladero, ya que el paso desde la comarca navarra hasta el pueblo de Larrau (en francés Larraine) está marcado por el puerto de del mismo nombre.
Los aficionados al ciclismo quizá recuerden ese nombre; los seguidores de Miguel Indurain lo tienen grabado a fuego, como el tacto de un hierro candente o el pinchazo de unas banderillas negras. Fue allí, en el ascenso hacia el collado de Erroymendi (un nombre, ‘monte del cuervo’, bien premonitorio), cuando el ciclista de Villaba perdió su sexto tour, la moral y... Era la etapa de homenaje al primer corredor que superaría la victoria en cinco tours y se convirtió, por decirlo a las bravas, en su tumba.
Dulce pesadilla
Es lo que tiene Larrau: la subida por la vertiente navarra es una deliciosa ascensión, por carretera ancha, bien asfaltada y de pendientes suaves. Merece la pena detenerse en cada curva para disfrutar de la inmesidad de los hayedos de Irati. En el tramo zuberotarra, sin embargo, es una pesadilla de 14 kilómetros, con pendientes entre el 10 y el 16%, que te llevan desde los 350 hasta los 1.585 metros. Es cansado incluso cuando desciendes en coche, pero la vista desde el alto, junto a la línea de palomeras, merece cualquier calificativo.
Pasado el pueblo de Larrau, cuando finalizan las cuestas, llegarás hasta una central hidroeléctrica que aprovecha el cauce del río Olhadubi, donde podrás dejar el coche. No hay pérdida. Ponte unas buenas deportivas, que esto no es un sendero para playeras ni zapatos; si ha llovido, el camino puede estar embarrado. A partir de ese instante, ve con calma, porque encontrarás tramos exigentes y puntos en el que el camino de tierra ha sido sustituido por irregulares escalones de piedra.
Paseo de una hora
No corras, no te preocupes por las prisas: una persona que limita su ejercicio a los paseos de fin de semana tardará una hora en llegar al puente. Caminarás primero a la sombra del denso bosque de ribera, robles y hayas de buen porte que facilitarán la marcha, pero pronto saldrás a terreno despejado, donde descubrirá cómo el Olhadubi se une con su hermano, el Olhado. En medio, amenazador, surge un espolón rocoso recubierto de un arbolado imponente.
El sendero serpentea a media ladera e invita a mirar adelante: la brutal hendidura de ambos ríos es bien visible, pero el puente no aparece hasta el último recodo. El caminante sube mientras el río baja, aunque el torrente resulta casi invisible, cegado por el follaje. Ante nosotros, la vista empieza a ser impactante y el pulso se acelera ante la proximidad de la pasarela, mientras nos preguntamos si será, como dicen, tan impresionante, si tendremos valor para cruzarlo...
Muchos encuentran la respuesta en la última curva, cuando sobre las puntas superiores de una ‘V’, aparece el puente, y saben que les faltará el valor o ese punto de inconsciencia del que hablábamos al principio. Hay 200 metros de caída, ni se ve el río ni se intuye el fondo del barranco. Fueron unos madereros italianos los que erigieron tan frágil construcción en 1920 para abastecer de combustible la acería Lombarda Morillo ubicada en la cercana Atharratze ( a unos 30 kilómetros). La fecha está grabada en los arcos de hormigón situados en ambas orillas, y el atrevido puede leerlo según se aproxima al borde del precipio. Ante él, los que llegaron antes cruzan la oscilante construcción, que baila a cada paso.
Lo dicho: si te detienes un segundo a pensar, no darás un paso.

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