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El monte Buciero está plagado de faros y centenarias instalaciones militares
08.02.12 -
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Paseo por el Monte Buciero (Santoña). El monte atalaya
El pasado bélico de Santoña sigue palpitando. Los vestigios de una descomunal retaguardia rememoran la defensa erigida contra quienes codiciaron su belleza. Perla cantábrica, brillos esmeralda revelan incesantes un profundo vínculo con el mar. La villa le entrega su minúsculo arenal para que extienda su fina elegancia. A cambio, sólo espera que siga abasteciendo fiel a sus ciudadanos. San Martín descubre el pacto. Cuatro siglos avalan su confesión. Despojado de cañones y obuses, el fuerte reivindica su posición ondeando cuatro banderas que identifican cuatro pertenencias. Una adhesión libre, pues no cabe la sumisión allí donde siempre se combatió por un imperecedero anhelo de libertad.
La virgen del Puerto abriga a los marineros con su cariñoso saludo. Devotos, reverencian a la monumental patrona. Y, de repente, una nueva atalaya asoma en la senda acantilada que emerge entre el masivo encinar. El fuerte de San Carlos es la pieza decana de la retaguardia santoñesa. En sus galerías aún parecen resonar los ecos de aquellos 37 cañones que advertían a los invasores del terror al que deberían enfrentarse para profanar la grandeza de la villa.
La arboleda se vuelve a precipitar sobre la ruta. Instantes para la reflexión y el placer visual en un aire enjuagado por la pulcritud de la vegetación. Veredas insondables sugieren lejanas imágenes del mar, presente a través de pequeños retazos. En un rincón se abre un estrecho mirador de madera que muestra la peña del Fraile, casi desprendida del monte por la enorme dentellada de la erosión. En los días nublados, se evapora. La bruma surge desde la profundidad como si la avidez de la tierra y el mar pujasen por darle el golpe de gracia, mientras resiste el inevitable desgaste del transcurrir de los siglos.
Una encrucijada en el camino da paso a nuevos pedazos de historia. La batería de San Felipe subsiste en difícil soledad, acostumbrada a acoger regimientos de una veintena de soldados. El faro del Caballo, en cambio, disfruta del aislamiento en su huidiza guarida marina. Una muralla de 700 peldaños le separa del bosque. Su sólida presencia atestigua la viva antigüedad del monte, pues, al borde del 150 aniversario, es bisoña entre obras longevas.
A la playa
El camino desciende hacia el faro del Pescador. Expuesto a la ferocidad del Cantábrico, un ciclón obligó a restaurarlo hace un siglo. La destrucción forjó un carácter, y exhibe una sonrisa serena cuando el mar empuña su furia. Del combate nulo, nace una postal imborrable. Sólo una estampa puede igualar semejante éxtasis visual. Superado un largo tránsito entre la próspera vegetación, la ruta se despeja para enmarcar la sublime playa de Berria. Las palabras enmudecen. No hay descripción. La satisfacción envuelve al caminante en un hechizo sólo interrumpido por la inquietante aparición del penal del Dueso, un antiguo fuerte francés.
A través de varias pendientes se alcanza el fuerte del Mazo, erigido en un alto que traza el mapa urbano. Obra napoleónica, sus paredes son un canto a la efímera grandilocuencia. El general eligió este emplazamiento para perpetuar su leyenda, mientras la villa se resignó al delirio imperial.
Frustrada, dominada agudizó su garganta en silencio para proferir un estruendoso rugido libertario. Dos siglos después, cada piedra, cada rincón sobreviven al servicio de Santoña. Su única misión, embellecer la villa. La enésima joya de una radiante corona con forma de montaña.
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