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Así se hace en Donosti: fuegos, un helado, toros y pasión por mirar
16.11.07 -

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Semana Grande (San Sebastián). La fiesta elegante
Mañana comienza la Semana Grande en Donostia. Cada vez quedan menos aborígenes del lugar, y no precisamente por la inmigración ni porque cada vez hay más niños adoptados en remotos países, sino porque, aunque no lo confiesen, el secreto deseo de todo guipuzcoano ha sido, es y será afincarse en la capital y comprarse piso (lo de la burbuja inmobiliaria es sólo un sucedido divertido para alguien de Azpeitia, Tolosa o Eibar). Pero bueno, esos nativos llevan meses de arduo entrenamiento para que no se les note nada, absolutamente nada que, en cuestión de fiestas patronales, populares y agosteñas, lo que más le gusta a un donostiarra con pedigrí es: primero, contemplar, mirar, fisgonear; y segundo, desfilar.
Al principio de los principios, esas dos tendencias no representaban mayores problemas para la ‘tribu easonense’. Al fin y al cabo, pongamos que desde los tiempos de la Belle Époque, al pueblo todavía no soberano lo único que le quedaba como divertimiento era mirar cómo se divertían la realeza, la nobleza, los industriales y los nuevos ricos que veraneaban por aquí desde que al médico de Isabel II se le ocurrió que los baños de mar (Cantábrico) habrían de ser buenos para la enfermedad cutánea que padecía Su Majestad. Por marcar la piedra de toque de esa pasión por mirar, recordemos que una vez se levantó la galerna y el bañero que arrastraba con sus bueyes la caseta real hasta la orilla (las señoras nobilísimas no se bañaban bajo la mirada de nadie) no pudo evitar que el viento abriese las puertas de madera y vio a Isabel en paños muy menores. El morrosko gritó entre las olas y los vientos: «¡Tranquila, reina, usted y yo estamos casados!».
Siempre hemos sido mirones en nuestra propia casa, tomada por los grandes de España, Francia y más allá. Mirábamos a Fangio ganar con su coche las pruebas automovilísticas en el circuito de Lasarte. Veíamos a los grandes del golf jugar en el primer campo que hubo aquí, también en Lasarte. Luego, claro, cogimos el volante y los palos, pero ya estábamos infectados. Ya éramos voyeurs, absolutamente voyeurs. Nos faltaba un minuto para convertirnos en esnobs, profundamente esnobs. Porque, como cantaba Nacha Guevara, ser esnob es un primor.
Señores veraneantes
La Semana Grande donostiarra se la sacó de la chistera en 1876 un empresario de Eskoriatza, José Arana, que utilizó el término como eslogan publicitario de los festejos taurinos que organizó en la recién construida plaza de toros de Atocha con motivo de la Asunción de María. Como los veraneantes querían tener algo que hacer antes y después de los toros, Don José programó para aquellos burgueses, aquellos ministros, aquellos nobles un florilegio de conciertos, fuegos de artificio, campeonatos de tiro. Y bailes en las montañas cercanas, donde había deliciosos parques de atracciones. El pueblo, lógicamente, servía a los señores veraneantes. Y les miraba. Además, como ahora, corría delante del toro de fuego.
Pero no hablamos del voyeurismo donostiarra con pena. Ya lo hacen otros. Otros que, entusiasmados por el jolgorio, la trepidancia, el octanaje alcohólico, taurino y heming­wayano de los sanfermines, en vez de reconocer que bien está el santo morenito dionde está (a sólo hora y cuarto de trayecto en La Roncalesa por la A-15), se emperran en que la Grande sea sanferminera. Por lo menos, ¡en el pañuelito! Hasta el ganador del concurso del cartel de 2008, Aitor Isasa, lo es porque como afiche se le ha ocurrido (ante el aplauso institucional) un lienzo en blanco con un pañuelito azul recortable por la línea de puntos. Usted verá, querido visitante, si desea hacer el litri y plantarse tal prenda azulona sin ningún arraigo ciudadano, y si se zambulle en las fiestas alternativas de la muchachada que se sueña hermana de padre de Txomin Barullo y de madre de la peña pamplonica Oberena.
Escribimos ‘zambullirse’ con todas las de la ley. El punto álgido de las celebraciones extremas es un abordaje del puerto en balsas y txintxorros, contemplado (faltaría más) por el resto de la ciudadanía desde los malecones del muelle.
En las otras fiestas, las oficiales, la cumbre del voyeurismo son los fuegos artificiales. Si usted nunca se ha sentido apátrida, ilegal, sin papeles, alienígena, huérfano de padre, madre y pasaporte, pruebe a cruzar la ciudad en dirección contraria a La Concha una de las noches del Concurso Internacional de Fuegos Artificiales, famoso en media galaxia. La soledad de quien eso hace es tan grande que tal hazaña sólo puede ser afrontada por seres de grandiosa personalidad. Imaginen a más de cien mil personas dirigiéndose a donde usted no se dirige. Avanzando hacia la playa desde todos los rincones no ya de Donosti, sino de Donostialdea toda, ignorando que los fuegos se ven igual de hermosos desde La Zurriola, Igeldo o incluso, y sobre todo, en su reflejo en los cristales de las casas, que parecen arder en colores.
La liturgia del helado
Lo crean o no, hasta el teatro empieza más tarde porque ningún donostiarra que se precie se perdería los fuegos. Y porque no hay insonorización que pueda con el soberbio estruendo. Lo crean o no, después de los fuegos, la liturgia easonense exige que la masa que avanzó sobre usted se dirija a tomarse un helado. Imagínenselo: 100.000 personas haciendo cola por un mantecado, uno de amareto o un cucurucho de pistacho.
Ah, también tenemos toros. Antes, los donostiarras pobres salían (salíamos) a los balcones para ver la entrada y salida de los que iban al Chofre. Estos, que bien lo sabían, lucían sus mejores galas. La Donostia de hoy asistirá el 14 al próximo intento de suicidio de José Tomás. ¿Y las ganaderías? No nos preocupan. Vista Alegre es torista. Donostia siempre ha ido a ver a los toreros, no a los toros.

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