Museo de Bellas Artes (Bilbao)
Dirección: Plaza del Museo, 2.
Horario: Martes a domingo, de 10.00 a 20.00 horas.
Entrada: 5,50 € (4 para estudiantes, desempleados, mayores de 65 años y grupos a partir de 15 personas).
«¡Mucho Arteta y nada de Regoyos! ¿Dónde los habéis metido? ¡Porque había la de Dios!». Iñaki Azkuna pregunta por los lienzos del autor asturiano, un Solana y un par de Guezalas que no aparecen por ninguna pared. «Cada director llega y lo cambia todo», masculla mientras sigue recorriendo las salas del Museo de Bellas Artes, identificando rápidamente autores y cuadros, delatando sus preferencias y debilidades en un recorrido para GPS que celebra el centenario de esta institución. «Es que llevo veinte años viniendo, domingo sí y domingo no, con un par de amigos», explica durante su infructuosa búsqueda. Cuando era consejero de Sanidad contaba con más fines de semana para el disfrute estético. «A mí el gusto por el arte me entró aquí y luego lo he desarrollado en visitas por otras pinacotecas».
Además de su larga experiencia como visitante anónimo, cuenta con la excepcional ventaja de ser el alcalde de la ciudad y haber participado en muchas compras efectuadas a lo largo de los últimos años. «Este es el gran museo de la pintura vasca, no hay otro lugar con tanta y tan buena, y la del XIX es la mejor que tenemos», sentencia, sin ocultar que su criterio se basa en el instinto. «Me gusta o no me gusta. Puedo hablar del color, sí, pero no soy un experto, todo mi saber se reduce a la impresión. ¿Me entusiasma un Tàpies completamente marrón? ¡Qué quieres que te diga...!».
Para Azkuna, hay un puñado de creadores locales «que son algo serio» y que conoce al dedillo. Identifica autores y títulos a primera vista y nos habla, por ejemplo, de su querencia por los bodegones de Juan de Arellano o las romerías de José Arrúe. Sus pasos no vacilan. Se dirige a ‘Los intelectuales de mi aldea’, de Ramón de Zubiaurre. «¡Esto son palabras mayores!». También se maravilla con los grandes lienzos de Iturrino. «Esas mujeres despelotadas, riendo, bañándose, y los caballos, maravillosos. Y sus ambientes exóticos. ¿Crees que estuvo alguna vez en Tánger? Yo supongo que era la moda, simplemente, como cuando me preguntan por el sentido del Salón Árabe del Ayuntamiento».
Admite su predilección por el Aurelio Arteta más folclórico, el de las mujeres de piernas torneadas y hombres con pantalones de pulcra rectitud en escenarios bucólicos regidos por la eterna primavera, pero no puede sino rendirse ante ‘Puente de Burceña’, un cuadro de trasfondo social que muestra la periferia de la ciudad envuelta en la transformación industrial. «Espléndido», susurra, y señala que el autor, bilbaíno, era de ideas socialmente avanzadas. «Y tan tímido que sólo se mantuvo un año en la dirección del Museo, se exilió a México y lo arrolló un tranvía».
La exposición ‘De Goya a Gauguin’, en la sala BBK, y los preparativos de la próxima muestra sobre Sorolla han desbaratado la disposición habitual de los cuadros. En la primera muestra encontramos varias pequeñas joyas de la institución que Azkuna sitúa entre sus maravillas particulares. Se trata de ‘Vista del Abra de Bilbao desde Algorta’, de Juan de Barroeta, un cuadro de pequeño formato que enseña una margen derecha pelada frente al mar, un paisaje sereno e irreconocible, y ‘La visita inoportuna’ de Eduardo Zamacois, mirada irónica sobre el taller de un artista, descrito con un estilo preciosista. «Cuando el artista está pintando a su modelo desnuda, llega un sacerdote y el otro no sabe cómo darle esquinazo». También se detiene frente al porte glacial y soberbio del cardenal Gardoqui, retratado por José Madrazo. «Esa cara de mala leche es de un bilbaíno de pura cepa», sugiere.
Sobre las esculturas de Nemesio Mogrovejo aplica los sentidos de la vista y, sobre todo, el tacto. Palpa las magníficas formas de ‘Risveglio’ y queda ensimismado ante ‘Hero y Leandro: La muerte de Orfeo’. El alcalde y médico se siente fascinado por el estudio anatómico y la personalidad del autor. «Era un tipo impresionante, bohemio, que murió muy joven». Asimismo, rememora la desdicha de Paco Durrio, autor del homenajea a Arriaga en un lateral del Museo. «Tardó 25 años en elaborarla y otros 35 en recuperar su emplazamiento, porque el gobernador franquista la consideró muy sensual. ¡Este país es un descojono!».
Periodo azul de Picasso
Al final de la visita, descendemos hasta los almacenes en pos de unas prostitutas pintadas por el Gutiérrez Solana más tenebrista, confinadas al sótano por necesidades de programación. Mientras todo el mundo se afana por recuperarlas, el alcalde recuerda sus años en París y su entusiasmo por el impresionismo. De las vanguardias se decanta por el cubismo de Braque o Picasso. «Pero, qué quieres, su período azul me encanta».
Azkuna aconseja comenzar por los clásicos y no saltarse alegre e inconscientemente etapas de la evolución cultural. «¡No puedes empezar por Picasso! Es fundamental ver El Greco, Pantoja de la Cruz, Gentileschi o Zurbarán, darse una vuelta breve, media hora los domingos, poco a poco –apunta–. Es como la literatura, ¿habrá que leer algo de Virgilio antes de abordar a Borges, no?». Eso sí, no hay recetas cuando el arte no atrae a la pupila. «Si no tienes sensibilidad, no entrarás nunca».