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PLANES | POR LEKEITIO

El recorrido por el viejo fortín luminoso de Lekeitio embarca al visitante en un viaje en el tiempo
17.06.11 -
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Excusrión  al faro de Lekeitio
No por casualidad se incluyeron entre las siete maravillas del mundo antiguo. El Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría pasaron a la historia por su belleza, sus hogueras iluminaron el regreso a casa de aguerridos navegantes. Eran a la vez elemento práctico y artístico, tan impresionantes que cortaban la respiración. Amables y protectores, su luz anunciaba la llegada a puerto evitando los cantos de sirena. Los faros son y han sido el guiño coqueto que la tierra lanza al océano, la enamorada que aguarda en la orilla. Aliados de los marineros, señalan las costas advirtiendo de sus peligros. Son promesa de abrazos y bienvenida, de tierra firme sobre la que pisar. Su destello marca el fin del trayecto, la batalla ganada al mar. Fogatas, lámparas de aceite, mechas… encendieron su brillantez que alcanzó el grado máximo de incandescencia con la llegada de la luz eléctrica.
Ahora, la invención de aparatos como el GPS parece anunciar su retirada, pero los satélites también se equivocan y la referencia física sigue siendo una mano tangible a la que asirse con convicción. Por eso quienes navegan sobre aguas turbulentas prefieren no prejubilar la luz que les guía y para respetar ese deseo distintos ayuntamientos han decidido inscribir a estos edificios en las listas del pluriempleo, alternando su valor estratégico con el cultural.
Lecciones de Antolín
Es el caso de Lekeitio y su faro de Santa Catalina. Desde el 15 de noviembre de 1862, el haz que lo alumbra ha servido de pasarela para las embarcaciones que amarraban en los muelles. Ahora, además de encenderse cada veinte segundos, alberga el Centro de Interpretación de la Tecnología de la Navegación donde una travesía virtual espera a los invitados al único inmueble de estas caracterísiticas visitable en Euskadi.
La aventura combina diversión y enseñanza. Se desarrolla en lo que fue la casa del farero, ya que el acceso a la torre está prohibido por tratarse de un elemento de importancia defensiva. Nada más llegar, Antolín, un socarrón lobo de mar que parece recién salido de una novela de Stevenson, explica en un audiovisual la esencia de estas torres, «sin las que muchos barcos acabarían en el astillero o en el fondo del agua». Tiene una voz ronca, de hombre acostumbrado a la vida dura, y muchas historias que contar sobre la importancia del viento, de las matemáticas sin las que resultaría imposible navegar.
Cielo y estrellas
Habla de los aparatos que gobiernan un barco, del cielo y sus estrellas, que como faros indican la senda. Cartas de navegación, sextantes, mareas, escalas… decenas de palabras surgen de su boca en esta introducción al plato fuerte de la cita, la subida a bordo de la embarcación ‘Goizeko Izarra’, que pondrá rumbo hacia Elantxobe en un viaje simulado con más de una sorpresa.
Y es que el día parece propicio pero la mar es traicionera. Desde que arranca motores Antolín maneja con maestría el timón. Mientras abandona el puerto invita a mirar a proa y popa para entender en la práctica los términos aprendidos antes. Explica las partes del navío, la razón de cada una de sus luces. Señala a babor la costa donde se izan orgullosos el faro de Santa Catalina y el Monte Otoio. La travesía es agradable, un viento fresco acaricia la piel. «¡Sujetaos bien, no me gustaría gritar eso de hombre al agua!», advierte irónico a pesar de la niebla que de pronto lo cubre todo, de la proximidad del pesquero Andra Mari que a estribor tiene problemas.
El viento cambia: componente norte, fuerza siete. Es hora de volver a casa. «Los marinos son valientes, no insensatos», comenta antes de virar el timón. La galerna se levanta y bocean los truenos. El cielo aparece cubierto de relámpagos y el agua salpica el rostro mientras la quilla es agitada por el oleaje. Pero Antolín planta cara al mar embravecido. «Embiste lo que quieras, no podrás con mi Goizeko», grita justo antes de distinguir el brillo del faro, la luz tranquilizadora que nunca abandona.
La calma regresa de camino a puerto. Desaparecen las nubes y se escucha el trasiego de los vecinos. Algunos toman el vermú sentados en las terrazas. Las mujeres cosen las redes. Pasado y presente se dan la mano en un baile de imágenes que despide la intensa travesía. En el exterior de la antigua casa del farero la vista sobre el horizonte es hermosa. Un viento malhumorado enfrenta olas con litoral y el estallido de espuma recuerda a los viajeros que la mar es una mujer bella pero caprichosa, digna de conquistar pero traidora… hasta que los ojos del faro la ponen en su lugar.

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