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Fitero, mesa para tres reyes

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Fitero, mesa para tres reyes

Desde el monasterio cisterciense hasta Tarazona, tierra de monjes soldado y cuna del inolvidable Paco Martínez Soria

11.01.13 - 19:12 -
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Fitero es la cuna del Císter en España y de los balnearios de aguas - “cloruradas sulfatadas sódicas”, puntualiza la publicidad-, que brotan de la tierra con generosidad desbordante desde el tiempo de los romanos. Lo es también de la orden militar de Calatrava, que recogió en España el testigo que en Tierra Santa llevaron los templarios, aquellos monjes soldado capaces de conquistar Jerusalem a sangre y fuego y que con el tiempo han devenido en recurso socorrido de escritores como Dan Brown o Jim Hougan, empeñados en establecer una tupida red de alianzas entre estos y las logias masónicas. Quien hasta allí se acerca lo hace a menudo tentado por tratamientos terapéuticos dispensados entre baños de burbujas, saunas termales y pediluvios. No es mal sitio, sobre todo desde que el acuifero que se abre bajo el pueblo de Baños de Fitero y que sale a la superficie por dos manantiales, alumbró dos balnearios, el Gustavo Adolfo Bécquer y el Virrey Palafox, que figuran por mérito propio como algunos de los destinos más socorridos en las listas del Imserso.
Fitero, mesa para tres reyes
Cuentan las crónicas que, a finales del siglo XII, las afueras de Fitero fueron escenario de lo que hoy en día llamaríamos con total propiedad una ‘cumbre internacional’. Su instigador fue el papa Celestino III, que convocó a Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII de Navarra y Alfonso II el Casto de Aragón en un intento por que los reinos cristianos uniesen sus fuerzas contra un invasor musulmán a quien por aquel entonces ni se le pasaba por la cabeza derramar lágrimas por Granada. Los monarcas, arrogantes como ellos solos, se negaban a abandonar sus feudos por aquello de demostrar debilidad, y consintieron en reunirse en este punto donde confluían las tres fronteras. Así, casa uno podía sentarse a la mesa de negociaciones sin dejar de sentirse ‘en casa’, las posaderas bien apoyadas en su terrón. Y aquí paz y después gloria. Lo cierto es que aquel cónclave acabó como el rosario de la aurora, con los reyes debatiendo entre sí porque les devolvieran regiones que reclamaban como propias (al de Navarra, La Rioja y La Bureba, por ejemplo). Haría falta que pasasen dieciséis años para que aquellas mentes preclaras plantasen cara a los almohades en Las Navas de Tolosa, batalla por cierto que resolvieron con bastante tino pese a ser numéricamente inferiores.
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Fitero es, olvidado ya su complejo de Maastricht, una tranquila localidad de la Ribera navarra, donde aconsejan comer menestra en primavera y beber buen vino todo el año. Es una región llana, donde las casas de ladrillo envuelven las iglesias de piedra, se diría que casi con arrobo; donde los viejos del lugar se juntan por las noches a la fresca para hablar de sus cosas a la luz macilenta de un farol que cuelga como puede de una arquería medieval. Ocurre en Cintruénigo, a los pies de la iglesia de San Juan Bautista; o en Cascante, donde un cartel recuerda que allí se levantó la primera fábrica de cerillas de España. La notoriedad, piensa uno, se esconde a veces en los detalles más sorprendentes. El monasterio de Santa María la Real es, sin embargo, la joya arquitectónica de la zona. A caballo entre el románico y el gótico, su corona de ábsides envuelven la cabecera de una planta de cruz latina, en la que destaca el presbiterio, el retablo del siglo XVI y una larga lista de tesoros, entre los que no faltan arquetas árabes, cofres románicos y esmaltes.
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Si la curiosidad nos ha llevado hasta Fitero, no podemos perder la ocasión de acercarnos a Tarazona, ya en la provincia de Zaragoza, de la que nos separan unos 20 kilómetros, eso sí, por carreteras donde conviene que impere la prudencia. La ciudad, sede episcopal desde tiempos inmemoriales, se levanta al pie del Moncayo y es, pura y llanamente, un capricho. Empezando por su catedral, donde se combinan los estilos gótico, mudéjar y renacentista, y que acaba de reabrir sus puertas al público después de años de una concienzuda restauración. La localidad, donde por cierto nació el genial Paco Martínez Soria -recuerden ‘La ciudad no es para mí’ o ‘Don erre que erre’-, guarda entre sus curiosidades una que encandilará a los taurinos. Se trata del único coso octogonal que hay en toda España, una plaza que nunca tuvo graderíos porque sus lados estaban ocupados por viviendas, las de las ocho familias más pudientes de Tarazona que quisieron así, a finales del siglo XIX, darse el capricho de ir a los toros sin salir de casa.
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Cruzando el río Queiles que discurre junto al coso, tomamos la cuesta que conduce al Palacio Episcopal, agrietada construcción que parece guardar el equilibrio sobre una pared de piedra y que se levanta sobre una antigua fortaleza árabe. De allí se accede a la judería, que preside la torre mudéjar de la iglesia de La Magdalena y que franquea el paso a un dédalo de calles empinadas y a menudo abiertas a patios desde donde dominar un paisaje de tejados que parece sacado de varios siglos atrás. Quien no haya tenido bastante, tal vez encuentre lo que busca a las afueras de la ciudad, en las faldas del Moncayo, pobladas de hayas, encinas y robles. La montaña se eleva más de 2.300 metros sobre el nivel del mar y los botánicos lo describen como una isla de clima atlántica en medio de una región mediterránea. En las faldas, decía, hay un cenobio, algo desangelado en medio de ese páramo que ya se adivina hacia el Este. Es el monasterio de Veruela, donde vino a refugiarse el escritor sevillano Gustavo Adolfo Bécquer y dentro de cuyos muros escribió sus ‘Cartas desde mi celda’, cumbre del Romanticismo español. Quién sabe, quizá por las noches, a la luz de la luna, el viento que bajaba del Moncayo le susurraba al oído rimas y leyendas.
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