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La mejor liga ¿de dónde?

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La mejor liga ¿de dónde?

Cada vez son menos las razones para considerar que la nuestra es la mejor competición futbolística del mundo

22.12.12 - 19:53 -
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Se sigue escuchando con bastante frecuencia que la Liga española es la mejor del mundo. Es cierto que esta sentencia tan campanuda se está cubriendo un poco de polvo y ya no se utiliza con la profusión y el entusiasmo de los tiempos inaugurales de la llamada Liga de las Estrellas, pero sigue siendo un lugar común muy extendido y me temo que tardará en dejar de serlo. En eso pensaba el otro día mientras veía un partido feísimo en un estadio casi vacío y el locutor que transmitía el engendro no dudaba en recordarnos que aquel espectáculo indigesto pertenecía a la mejor competición del mundo. ¿La mejor de dónde? No pude evitar hacerme la pregunta y, aburrido como estaba, me puse a analizar las diferentes variables que pueden otorgar a una liga esa condición privilegiada.

La pasión que despierta en los espectadores y la asistencia de público a los estadios sería la primera. En este sentido, hasta el aficionado español más despistado y con el sentimiento patriótico más a flor de piel es consciente de que la Liga BBVA está a años-luz de otras como la inglesa, la alemana, la brasileña o la argentina. En estos países los estadios están siempre a rebosar –en los dos primeros, como sucede también en Holanda, la ocupación media supera el 90%–, y los partidos se viven con una emoción incomparable. Es cierto que en Argentina la lacra de la violencia lo pudre casi todo, pero en ese país hay más ambiente en un partido cualquiera entre dos modestos de Segunda que en la inmensa mayoría de los encuentros de la Primera División española.

En España cada vez se va menos al fútbol. La asistencia a los campos está bajando a razón de un 7% anual y ya apenas alcanza el 70%. Hasta la Liga francesa le supera en presencia de espectadores. Se trata de una decadencia imparable teniendo en cuenta los precios de las entradas, absolutamente disuasorios. En ningún otro país cuesta tanto entrar a un estadio como en España, donde las entradas más caras alcanzan los 85 euros de media y las más baratas, 32,9. En Alemania, las cifras serían de 55 y 16. Y en Francia, de 48 y 13. No es extraño que los aficionados europeos que vienen a nuestro país para ver a sus equipos en la Champions o la Europa League tengan una sensación parecida a la de los viajeros románticos del XIX que eran asaltados por los bandoleros. Recuerdo que los hinchas del Schalke 04 exhibieron pancartas en Gelsenkirchen denunciando el atraco que iban a sufrir en Bilbao. Y lo sufrieron, claro.

Otro de los parámetros fundamentales a analizar sería el de la calidad de la competición a nivel organizativo. Pues bien, en este aspecto decir que la Liga BBVA es la mejor del mundo resulta un auténtico sarcasmo. La realidad está más cercana a una gran chapuza que a una cosa medianamente seria. Para empezar, los clubes españoles de Primera son algo parecido a un abismo económico. Un agujero negro. La mitad está en la ruina –dicho de un modo más elegante, en ley concursal– y la deuda con Hacienda asciende a 752 millones de euros.

Por otro lado, los horarios de los partidos son un despropósito, como lo son las fechas en los que se disputan, que lo mismo son un viernes, un sábado, un domingo o un lunes. El caso es que, en medio de este tremendo batiburrillo, uno acaba recordando con nostalgia los viejos tiempos de los carruseles simultáneos, al abuelete con el transistor en la oreja el domingo por la tarde y hasta la publicidad de ‘Soberano’ y ‘Boquillas Targar’. Porque, a día de hoy, la gente ya no sabe ni cuando se juegan los diferentes encuentros de la jornada, lo que sin duda hace descender el interés por el seguimiento de la competición.

Pensemos también en el impacto mediático que suscita la Liga BBVA. Fuera de España, es mucho menor de lo que se piensa. La Premier, por ejemplo, está a una distancia sideral en seguimiento planetario y, por supuesto, en el volumen de ingresos que genera para los clubes a través de televisión. Y tanto Italia como Alemania están posicionadas tan bien o mejor que España. La realidad es que sólo el Barcelona y el Real Madrid interesan en el extranjero. El resto apenas tiene incidencia.

Podríamos hablar también de la paulatina pérdida de calidad del debate futbolístico que genera nuestra Liga en los medios de comunicación. En otros lugares todavía se discute sobre fútbol con seriedad y se analizan los partidos –y, en general, toda la actualidad deportiva– con cierto rigor y conocimiento. En España ese tipo de periodismo comienza a ser algo excepcional. Lo que predomina aquí es la cháchara más superficial, una verborrea vacía e incontinente que se ha disparado en los últimos años con la aparición de un personaje tóxico como Mourinho. La semana pasada se vivió un caso paradigmático de la inanidad reinante. Me refiero a la broma de Florentino Pérez con la servilleta. El presidente del Real Madrid sabía que le estaban grabando y, simplemente, quiso hacer una gracia. Pudo estar más o menos afortunado, pero no engañó a nadie. Todo el mundo sabía que aquello era una broma sin importancia. Pues bien, el tema, una absoluta chuminada, hizo correr ríos de tinta, desató marejadas en las redes sociales y en las ediciones digitales, provocó debates encendidos y abrió la información deportiva en todas las cadenas nacionales de televisión. En momentos así, no hace falta decirlo, es cuando uno entiende que a algunas personas los aficionados al fútbol les parezcamos unos retrasados mentales.

Dejamos para el final otra variable importante: la calidad del fútbol y el potencial de los equipos, lo que podríamos llamar el espectáculo del juego. Se podría discutir mucho a este respecto, pero concedamos que sí, que en este capítulo la Liga española es la mejor del mundo. El problema es que ni siquiera este atributo acaba marcando una gran diferencia porque nuestra competición sufre un mal que le está matando. Hablamos de la falta de emoción, que esta temporada está siendo particularmente sangrante porque, por perder incertidumbre, se ha perdido hasta la incertidumbre de saber cuál de los dos gigantes, Barça o Real Madrid, se iba a imponer en su lucha particular. ¡Lo sabemos ya en diciembre! En fin, que esto no da este año ni para hablar de Liga escocesa. Y lo peor es que el futuro no promete nada mejor. Un dato inquietante: los grandes futbolistas españoles que no caben en las plantillas de los dos colosos tienen que acabar emigrando porque aquí nadie puede contratarles. Nunca había pasado algo semejante.

Qué quieren que les diga. Cada vez que oigo que la Liga española es la mejor del mundo me acuerdo de un presentador de circo al que conocí hace muchos años haciendo un reportaje. Era un hombre triste, casi tanto como el viejo circo crepuscular al que la vida le había encadenado. Cualquier tiempo pasado había sido mejor para él, con luces más brillantes y destinos más luminosos, con mejores payasos, antipodistas más hábiles y mujeres mucho más fatales. Pero era un profesional digno y, cada vez que salía al escenario con su pajarita y su traje negro de franela con lentejuelas, agarraba el micrófono, engolaba la voz y proclamaba a los cuatro vientos con un énfasis oceánico: «Ante ustedes, el mayor espectáculo del mundo».

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