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Oporto, la decadencia tiene su encanto

VIAJES | LA BRÚJULA

Oporto, la decadencia tiene su encanto

Bodegas y fachadas manuelinas se miran en la desembocadura del Duero, entre barcas ravelo y puentes que beben del taller de Eiffel

14.12.12 - 19:19 -
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Antonio Tabucchi es un escritor de viajes enamorado de Fernando Pessoa, o quizá sería mejor decir de Portugal, que es tanto como decir lo mismo. Cuenta que sus poemas rezuman ‘sausade’, la melancolía entendida no solo como nostalgia de lo vivido, sino de lo que está por venir. Una sensación más difícil de explicar que de sentir cuando uno recorre las calles de Lisboa o de Oporto, y se detiene en ‘A Brasileira’ o el ‘Majestic’ para tomar un café y dejarse invadir por aromas de paralelos y meridianos que se ha resignado a no cruzar jamás. El modo más habitual de llegar a la ciudad del Duero es por autopista desde Lisboa, dejando atrás la ría de Aveiro con sus pescadores echándose a la mar mientras en tierra esperan los tractores para recoger la malla donde han quedado enredados la caballa, el chicharro o el sargo. Siempre con el Atlántico a la izquierda, entre nubarrones que no presagian nada bueno y playas infinitas de arena líquida.
Oporto, la decadencia tiene su encanto
A Oporto se arriba evocando un sueño que resiste la cruda realidad. Si Lisboa nos ha parecido decadente, la segunda urbe del país es como una propiedad condenada a la que el actual escenario de crisis no hace sino hundir todavía más. Y es aquí, contra todo pronóstico, donde uno descubre que la ciudad le atrapa; donde un simple paseo adquiere tintes de aventura, entre fachadas manuelinas cuajadas de azulejos donde los geranios compiten en igualdad de condiciones con hileras de ropa tendida. Una sinfonía de bragas, peleles y trapos de cocina que dejan entrever a cada golpe de viento los docks asomados al Duero, una bodega, la recova de la que escapa un cacareo. No será Buenos Aires, pero las calles tortuosas que trepan hasta la Plaza de la Libertad susurran al oído aires de fado, de amores no correspondidos, de penurias para llegar a fin de mes y de malevaje.
Oporto, la decadencia tiene su encanto
Así ocurre, al menos, en la Rua das Flores, la antigua calle de los orfebres, renegrida pero orgullosa, los adoquines lisos como una pista de baile, entre casas blasonadas y mansiones del siglo XVIII. Se llega allí por una empinada cuesta salpicada de palacios como el de San Juan Nuevo o la farmacia Moreno, dos serpientes largas como pitones deslizándose sobre el dintel. Uno va buscando la torre de Clérigos y pasa junto a la estación de Sao Bento, el vestíbulo cubierto con 20.000 azulejos que recrean los episodios más destacados de la historia del país. El tranvía -Oporto fue la primera ciudad de la Península en dotarse de uno- tiene interés sobre todo para los turistas, pero no puede competir con el metro, que con 68 estaciones y 60 kilómetros de líneas, de los que solo 8 discurren bajo tierra, es la mayor red metropolitana de transporte público del país.
Oporto, la decadencia tiene su encanto
La Plaza de la Libertad se abre a la vista, impecable y opulenta, salpicada aquí y allá de parejas que uno espera sacadas de una canción de María Dolores Pradera -Amarraditos los dos / espumas y terciopelo-, pero que lucen panzudas como palmeras cubanas. En medio se levanta la estatua ecuestre de Pedro IV, que gira la cabeza como desconcertado de que un McDonalds haya encontrado refugio en un edificio modernista. Pero es la torre de la iglesia de Clérigos la que domina la plaza y con ella todo Oporto. Una atalaya de 76 metros construida en estilo barroco, la más alta del país, como recuerdan cada uno de los 240 escalones que acercan al cielo y que el viajero sube con devoción casi procesional, aunque sin aire en los pulmones. Arriba esperan las 49 campanas del carillón, que derraman sus tañidos sobre el Cerro de los Ahorcados, el ultramarinos ‘La Oriental’ y los tejados que descienden como terrazas hasta besar las orillas del Duero.
Oporto, la decadencia tiene su encanto
De vuelta en la calle, conviene hacer una parada en la librería Lello e Irmao (Las Carmelitas, 144), a juicio de muchos, la más hermosa de Europa. Tomamos después la rúa Clérigos y seguido 31 de Janeiro hasta la iglesia de San Ildefonso, cubierta de azulejos y rematada por dos campanarios, como un joyero encajado en el centro y desde donde se accede al barrio de Batalha y la catedral de la Sé. Este es el edificio religioso más importante de Oporto, los muros simulando una fortaleza coronada de almenas cuya construcción arrancó en el siglo XII. Románico, barroco, gótico... todos los estilos parecen haber hecho causa común al abrigo de las murallas para concebir esta joya, cuya nave central impresiona por su altura y el claustro por su galería de dobles columnas y arcos ojivales. Fuera, entretanto, la plaza se llena de gente deseosa de contemplar las vistas al pie de una columna finamente labrada donde antaño las autoridades daban matarile a los criminales y a los revoltosos.
Desde allí, el itinerario que conduce al río se descuelga por un dédalo de callejas, la Sé, pintorescas de día pero que conviene evitar cuando se echa la noche, más aún si llevamos a la vista cámaras de fotos y bandoleras tentadoras para los amigos de lo ajeno. El escenario no puede ser más de novela: mujeres que lavan alfombras en plena calle, barriles de cerveza Sagres rodando por el empedrado como martillos que golpearan un yunque...Y prostitutas, que parecen bosquejar un mapa de la colonización: Cabo Verde, Brasil, Mozambique, Madeira... más atentas a la radionovela que a buscar clientes o a los cambios de humor del compadrón. Estragadas por el alcohol y la vida. Los pasos nos llevan hasta ‘Casa Crocodilo’, donde el producto estrella son las zapatillas de piel forradas de borreguito, aunque todas las fotos se las lleve un enorme saurio disecado que cuelga del techo.
Oporto, la decadencia tiene su encanto
Oporto es un compendio de cuestas y siguiendo esta uno no tarda en alcanzar los muelles del Duero, que sobrevuelan media docena de puentes y comunican el Casco Viejo con Vila Nova de Gaia, repleta de bodegas del vino que ha dado nombre a la orilla de enfrente. Los toldos de las terrazas y las tiendas de souvenirs se extienden a lo largo del paseo. En los docks atracan gabarras y los niños se tiran al agua desde las barcas ravelo, que parecen sacadas de las aventuras de Simbad; mientras en tierra el olor a lulas greladas -calamares al grill- tira de uno con la misma fuerza que la bebida local. Quizá sea aquí donde uno le toma el pulso a la ciudad, donde el viajero comprende mejor ese universo esquizofrénico que oscila entre los rancios salones del Palacio de la Bolsa y los mercados de abastos. O las alminhas, pequeños altares que vigilan a los transeúntes desde hornacinas excavadas en las plantas bajas y donde las ancianas ofrendan flores y velas aromáticas.
Una vez allí, es imposible sustraerse al encanto del puente Luis I, obra de Teófilo Seyrig, un discípulo de Eiffel. La estructura se levanta 47 metros sobre el cauce y ofrece una panorámica espectacular de Oporto y Gaia, localidades ambas que domina con la misma altivez que la omnipresente torre de Clérigos. El tranvía discurre por el travesaño superior, mientras que en el panel de abajo, angosto y de solo dos carriles, se agolpan peatones y turismos. Las cabinas del teleférico sobrevuelan de continuo el paisaje, y en el lado de Oporto, la gente hace cola para tomar el funicular de Batalha -empinado como una semana sin pan- y ahorrarse la caminata.
La brisa del mar llega hasta tierra adentro y uno piensa que pocas veces ha caído rendido tanto y tan rápido por una ciudad que ni siquiera entraba en sus planes visitar. El viajero se fija en los tejados que se abren paso por la otra orilla; las bodegas donde macera ese vino del que hace bandera toda la región y cuya fermentación interrumpe el aguardiente, conservando la dulzura de las uvas y una graduación más alta. Ferreira -construida sobre un viejo convento-, Sandeman, Ramos Pinto, Calem... nombres de los que Portugal y toda Europa liban con glotonería. Y uno concluye con la naturalidad de quien descubre lo que es obvio que Oporto no es una etapa más, que se agarra al corazón con la misma garra que sus caldos a la garganta. Entonces vuelve a zambullirse en el casco viejo con un único objetivo: apurar la ciudad. De un trago.
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